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miércoles, 14 de enero de 2015

Educación para la villanía

No me ha quedado otra opción que parafrasear, darle la vuelta a mi querido concepto "educación para la ciudadanía", asignatura ya desaparecida de los programas educativos españoles por obra y milagro de los genios populares que nos gobiernan.

Y la chispa de inspiración arrancó el día en el que vi en el Intermedio, el magnífico programa de la Sexta dirigido por el Gran Wyoming, una entrevista con el periodista que destapó el escándalo Granados, el segundo en el escalafón del PP madrileño, justo detrás de Esperanza Aguirre, la autoproclamada "precandidata" a la alcaldía de Madrid.

Fue muy curioso y sobre todo como "agita-conciencias", escuchar cómo, por una parte amenazaron profesionalmente a este periodista, y por otro, continuamente se escabullían con malas artes todos los ahora imputados, y algunos encarcelados, pertenecientes a esta trama de corrupción del PP madrileño. Y la vez, por otra parte, interrumpían la entrevista para mostrarnos la defensa de sí misma que hacía Esperanza Aguirre, siempre aduciendo que no sabía nada de nada de todos aquellos escándalos.

Pero no es ese el objeto de esta entrada, hablar sobre ese caso concreto de corrupción, por muy importante que sea, sino sobre la falta absoluta de sentido cívico que nos caracteriza a los ibéricos pobladores de esta península del Sur europeo, o sin más circunloquios, a los españoles. Fue realmente trágico recibir la noticia de la absolución de Camps, ahora expresidente de la Generalitat valenciana,  por parte de un tribunal popular. No voy a decir que no me lo esperara, pero la pequeña sospecha que abrigaba mi corazón, dio lugar a un decepcionante reconocimiento de que algo falla en nuestra sociedad. Es algo muy importante, que está en la base de cualquier sociedad verdaderamente democrática: los valores morales y éticos.

La mencionada entrevista a Esperanza Aguirre, además de cierta hilaridad, penosa en cualquier caso, por decirlo también claramente, me creó otra nueva sospecha que no deja de crecer conforme se acerca el gran momento de la verdad, el de las elecciones autonómicas y locales del próximo mes de mayo de este 2015. Una sospecha que de nuevo pasa por la ciudadanía que me rodea. Es cierto que ya no me siento sólo, que hay millones de nuevos votantes hartos de "los de siempre", de escuchar las manidas frases: "no hay alternativa", "Bruselas manda", "o se hace así o nos hundimos", "ya veréis qué mal lo pasarán en Grecia cuando gane Syritza" y así hasta aburrirnos, y lo peor que casi convencer a muchos indecisos.

Y sin embargo, pese a no sentirme sólo políticamente hablando, insisto en que mi preocupación crece porque la ignorancia política y cultural de la masa de españoles que me rodea se ve, en una gran parte al menos, acosada por el bombardeo constante de mentiras, cuentos y falacias que recibimos de los falsamente autoproclamados "medios de comunicación", y que más bien llamaremos a partir de ahora "medios de intoxicación y propaganda", en adelante MIPs.

Creo que hace falta muy poco para que un buen MIP convenza de renovar el voto al PP, a cualquier costa, pase lo que pase, por el bien del colectivo con el que se siente identificados. No he encontrado otra razón lógica, defendible, razonada para explicar esos millones de votos fijos que tiene la derecha española . No es posible que vengan de la Casta, o para mí, simplemente  élites económicas gobernantes (directa o indirectamente a través de los cuadros políticos del PP y del PSOE). Todo ese conjunto de personas no podría pasar de un millón de votos, exagerando la cifra, con un redondeo singular y significativo, fácil de recordar. Pero, ¿y hasta llenar las urnas con los otros 8 millones?

En ese gran conjunto, se amalgaman una gran variedad de personas, por supuesto, con sus intereses legítimos para votar a partidos conservadores, faltaría más, pero insisto, lo que me llama poderosamente la atención es la motivación para tomar esa decisión política, renovada constantemente, como si de un feligrés o parroquiano se tratara.

No creo que sea sólo la religión, en horas muy bajas en este país, con escasa o nula influencia práctica (recordemos por significativo a este respecto el proyecto de reforma de la  Ley del Aborto reciéntemente archivado por el Gobierno y causante de una sonora dimisión y portazo del Ministro de Justicia). Tampoco la política de mano dura o extremadamente dura contra el terrorismo etarra, que tantos réditos políticos le trajo a los conservadores. Incluso ahora sigue utilizándose en el argumentario popular, apareciendo en los medios de comunicación adictos con espeluznantes frases contra el poder judicial por haber acatado la decisión de los Tribunales de Justicia europeos respecto a la "doctrina Parot" pronunciadas por la propia Vicepresidenta del Gobierno Rajoy. No creo que sea nada de esto que he mencionado, aunque sin duda está ahí también contribuyendo positivamente.

En mi opinión, y apoyada en la experiencia del paso de los años y de ir conociendo a más y más ibéricos e ibéricas, tiene que ver con unos principios vitales y sociales que están insertados en el imaginario colectivo mucho más profundamente de lo que nos gustaría reconocer, y que pasa por estar casi completamente de acuerdo con estas frases:

  • Unos tienen que mandar y otros obedecer.
  • Si yo estuviera en su lugar (el del que manda) haría lo mismo (es decir, robar al resto).
  • El más fuerte manda y los demás callan.
  • No protestes si te causan una injusticia, mas bien, tómatela por tu mano sin que te vean.
  • Hay que tener padrinos.
  • Los amigos están para que nos cuelen en los servicios públicos y saltar las listas de espera, y el que no lo haga es tonto.
  • Lo mío no me lo toca ni Dios.
  • Si te hago un favor es para que me lo devuelvas algún día, sí o sí.
  • Yo estoy bien como estoy y que todo siga igual por lo siglos de los siglos amén.
  • Esto de debatir y votar cualquier asunto sólo trae desorden y confusión.
  • Yo de esos temas no tengo ni idea, no me líes con votaciones.
  • Siempre hay que tener un buen fajo de billetes debajo del colchón y el resto en paraísos fiscales porque el dinero lo compra todo.
  • No hay que matarse a trabajar que sólo sirve para engordar los bolsillos del dueño del negocio.
  • Las personas que trabajan para mí no se merecen ni la cuarta parte de lo que ganan porque no dan un palo al agua.
  • Todo es hablar de derechos, y más derechos, pero de obligaciones y de trabajar en serio nadie.
Sí el lector de esta entrada del blog se ve reconocido por creer a pies juntillas en ellas, es casi seguro que será uno de los 8 a 9 millones de votantes del PP. Pero qué me pueden decir de la filosofía moral y ética que se encuentra debajo de todo esto: ¿un liberalismo o neoliberalismo atroz, un corporativismo castizo asfixiante? Ambas cosas en mi opinión, que es la peor combinación que pueda nadie imaginar, y que da lugar a que cualquier emprendedor sin recursos de ningún tipo tenga que vencer miles de obstáculos para competir con las elites económicas y empresariales ya instaladas, que controlan los resortes políticos, financieros, y que quieren evitar  a costa de cualquier intruso o arribista (emprendedor/a)  la competencia, la sana competencia entre los mejores negocios. 

Mala pinta tiene esta sociedad tan dividida entre quienes están en ese gran grupo y el bloque de personas que reaccionaron en el 15-M y que luego apoyaron a Podemos en las elecciones europeas del pasado 2014, a los que llamo ciudadanos conscientes y responsables. Y es que mientras haya personas que tienen ese ideario que acabo de presentar, difícilmente podremos creer en un país desarrollado, libre y avanzado, que es algo muy diferente del "país serio" que constantemente menciona Rajoy en sus discursos insulsos, pero perfectamente dirigidos hacia su colectivo de votantes, no sea que se alejen de su "parroquia". Es la educación para la villanía, justo lo opuesto a lo que tendría que ser. No es de extrañar su obsesión con eliminar la asignatura de Educación para la ciudadanía. Y recuperarla de nuevo es mi única propuesta, urgente, necesaria, indispensable, que puedo hacer.  Esperemos que la reacción ciudadana de  millones de escolares y adultos reeducados consiga batir el muro del inmovilismo ibérico.









domingo, 14 de julio de 2013

La motivación del funcionario público: ¿pero existe?


Esta entrada surge como una revisión profunda de mi experiencia de casi 25 años en la Administración Pública en respuesta a un pequeño debate abierto por Sergio Montesa en Linkedin. Aunque empezó todo como una broma sobre si había miles desmotivadores en ese hipotético catálogo que pretende elaborar Sergio, su interés en poner por escrito en una lista la relación de tuits recibidos, me ha animado a comentarlos y añadir unos cuantos más. Estoy totalmente de acuerdo con el hecho de que se puedan considerar lados de la misma moneda, que inclusión o exclusión de un simple “no” en la frase sirva para transformar en desmotivador lo que parecía algo motivador. En cualquier caso, ni soy un experto en motivación ni mucho menos creo que vaya a descubrir aquí nada que no sepamos todos, principalmente los que estamos dentro de cualquier Administración Pública.

Espero que no se aburran, porque me ha quedado muy extenso. Para quienes no han conocido el inicio del debate, les diré que está en http://lnkd.in/4dZTzS y que la lista inicial comienza con 19 motivadores y 8 desmotivadores. No me he podido aguantar y he incorporado con malicia descarada otros 20 desmotivadores. Espero que Sergio entienda que quiera llegar a mil. Tal vez los 15 años que me faltan para la jubilación me ayuden a identificar los que me faltan…La apuesta sigue en alto.

Motivadores


  1. Podemos dedicar parte de nuestro tiempo a trabajar en los “auto”: auto-conocimiento, auto-refuerzo, auto-satisfacción,...
Realmente estamos hablando de mejora personal. Aquí es donde siempre acaba apareciendo la frase fatídica, justo cuando vamos a pedir la llave del servicio o retrete ante una necesidad imperiosa, “usted tenía que haberlo hecho en casa, aquí hay que venir perfectamente preparado”. Por tanto, igual se aplica al funcionario que al no funcionario, y por tanto, es un tanto tramposa esta motivación. Deberíamos diferenciar aquello general de lo que es estrictamente particular o específico de la Función Pública.

Pero es que también podemos aplicar el prefijo auto al engaño, y ahí queda muy mal, sí, autoengañarnos, haciéndonos creer a nosotros mismos que podemos aprender, formarnos, entretenernos durante las largas horas de tedio en las que nadie cuenta con nosotros. Yo lo he practicado muchísimo, y creo que lo seguiré practicando, pero en el fondo, cada vez soy más consciente de que me autoengaño porque no doy ningún paso adelante para forzar al sistema político actual a cambiar completamente su dirección actual, de forma que todo ese conocimiento y preparación que tengo sea realmente utilizado en la mejora del servicio público. La pasividad

  1. La vocación de servicio: nos mueve el dar un servicio de calidad a los ciudadanos, percibir sus necesidades (escucha activa) y el poder dirigir nuestros esfuerzos hacia ellas
Efectivamente este es uno de los grandes motivadores de cualquier buen funcionario “vocacional”, pero si añadimos el calificador “servicio público”, que lo diferencia del “servicio social”, altruista o como lo queramos llamar (no es exactamente lo mismo puesto que un funcionario está obligado a actuar dentro de la legalidad establecida so pena de prevaricar, tiene por tanto un estatuto especial). Esto es algo que no se quiere reconocer precisamente por quienes denostan la Función Pública continuamente. Si ya seguimos con la frase, entonces no estoy tan de acuerdo. Es cierto que queremos dar un servicio público de calidad a los ciudadanos, pero lo de percibir sus necesidades (escucha activa), puede convertirse en el gran desmotivador cuando dejamos, como funcionarios, de atender el bien común, y particularizamos en exceso ante quien protesta o reclama más. Eso es peligroso. Reciéntemente fui objeto de un ataque “desmotivador” mientras me encontraba atendiendo el Registro de mi departamento por una necesidad puntual, de apoyo momentáneo a un subordinado que había que tenido que salir precipitadamente. No había recambio y le tocó al jefe, es decir, a mí, atender a esa persona que pedía registrar un documento. Le comenté que no hacía falta que se desplazara hasta el Registro habiendo una oficina virtual donde podía entregar cómodamente esa documentación, con plenas garantías legales, a lo que me respondió en forma de “coz verbal” con una frase lapidaria “eso lo hacéis precisamente para que trabajemos nosotros en lugar de vosotros los funcionarios”. Efectivamente, en el grupo genérico de ciudadanos a los que queremos dar un servicio público de calidad, encontraremos también a nuestros peores enemigos y hay que estar muy preparado para no venirte abajo cuando te lanzan improperios por pretendidos o reales avances que no son siempre bien vistos por todos.

  1. El crecimiento personal y profesional: nuestro trabajo no sólo nos permite ser mejores profesionales cada día sino que también nos permite mejorar como personas

Esto también es muy genérico aplicable a cualquier profesión. Es un poco trampa y por tanto no voy a entrar en comentarlo. Yo personalmente me lo aplico, pero no por ser funcionario, sino por querer ser mejor persona, mejor trabajador, con independencia de dónde trabaje.

  1. Tenemos claro cuál es nuestro rol, nuestras funciones, y los objetivos (los “para-qué”)

Uffff, esto sí que no. Para nuestra desgracia, vivimos en una época en la que la mayoría de los funcionarios públicos no especializados (entre los especializados incluyo a policías, miembros del ejército, sector sanitario, prisiones, sector enseñanza…) carecen de una visión clara reconocida de lo que es su rol, sus funciones y mucho menos sus objetivos. Al no tenerlo tan claro como se afirma aquí, se convierte en un gran desmotivador, en el que las frases “no me pagan por pensar” y “a mí mientras me paguen al final de mes me da igual todo”, están a la orden del día. Escuchar eso de compañeros de trabajo en la Función Pública es muy desmotivador.

  1. Nos sentimos útiles: nuestro trabajo al final cubre una necesidad real de los ciudadanos y no una necesidad ficticia interpretada por un intermediario (o pseudo-representante) de ellos

Efectivamente, vuelvo a diferenciar entre sector público especializado y no especializado. En el segundo, la definición de utilidad se diluye como el azucarillo en el agua, porque precisamente suele tener un carácter muy generalista sin efectos o impacto directo en los ciudadanos. Es cierto que somos minoría en la Función Pública, pero también hay que pensar en el sector público especializado que no lo tiene nada fácil. Si comenzamos por el sector de la enseñanza, observamos unas cifras de enfermedad profesional muy altas precisamente cuantos más años esté trabajando esa persona, maestro, profesora…Es escaso reconocimiento social a su labor en sectores de población que no comprenden ni valoren lo que significa un servicio público gratuito hace mucho daño.

  1. Notamos el avance, que nos acercamos aunque sea de forma lenta al objetivo marcado

Este es precisamente un gran desmotivador, la continua sensación de que no acabamos nunca de tener los proyectos rematados, de que siempre hace falta algo más, o de que nos desmantelan o privatizan sin miramientos lo que tanto tiempo ha costado llegar a hacer funcionar relativamente bien. No es tanto la lentitud como la obligación de nunca parar, de que siempre tiene que estar abierto, puedas o no puedas, lo hagas bien o sólo a medias, chapuceando para salir del paso contra viento y marea. Suele ser decepcionante y martillea continuamente los ánimos de quienes con optimismo vuelven cada día a la oficina administrativa.

  1. Participamos en proyectos de trascendencia, que tendrán un impacto positivo en un colectivo grande de ciudadanos o en un colectivo desfavorecido de ellos, y este impacto perdurará (sentimiento de orgullo)

Muchas veces somos nosostro/as mismos los que pensamos que son proyectos de trascendencia cuando realmente no son percibidos así por la ciudadanía. A veces me quedo pensando si realmente no los proyectamos para nuestra satisfacción personal, para estar “entretenidos” y así motivarnos, auto-engañarnos. Los sistemas de gestión de calidad precisamente intentan siempre obtener la voz del cliente, maldita palabra en manos de funcionarios. Pocas o muy pocas son las encuestas que tienen conclusiones y un plan de trabajo derivado, que se utilice luego en esos proyectos de trascendencia.

  1. Podemos poner en práctica todas nuestras habilidades y conocimiento, están salen “a flote” y se aprovechan

Igual de motivador puede ser de desmotivador cuando nadie te pide que pongas en práctica tus habilidades. Incluso diría más, peor aún es que te utilicen, para obtener una información, un análisis o un estudio que finalmente es “reelaborado” externamente por una consultora a la que estás obligado a entregar la información, como a veces es mi caso. Incluso me la han pedido internamente otros compañeros que acaban entregándola a esa consultora contratada por el político de turno que no sabe, ni quiere saber, qué nivel de talento, habilidades y conocimientos tiene la plantilla que dirige.

  1. Evitamos vernos reflejados en los “funcionarios institucionalizados” y convertirnos en uno de ellos

¿Debe entenderse a los funcionarios institucionalizados como funcionarios apoltronados? Bien, puedo estar de acuerdo con que la posibilidad de verme comparado con ese tipo “poco frecuente” de funcionario me moviliza, me motiva en extremo, hasta el punto de intentar hacer todo lo contrario de lo que hagan ellos. Si leen el periódico en la mesa, yo no lo leo, si ellos desayunan inmediatamente después de iniciar la jornada, yo vengo desayunado y peinado de casa, si ellos toman un aperitivo a la una de la tarde yo no lo hago…bien, es cierto que es un motivador activo en mi caso.

  1. Nos mueve el objetivo de nuestro proyecto, independientemente de nuestra posición laboral y no nos fijamos (en exceso) en el sueldo y la posición de otros

Eso ya no es tan cierto. Entre los desmotivadores que yo mismo he añadido a la lista inicial, mencionaría bastantes, de carácter general (hay que reconocerlo), que influyen muy negativamente en que el funcionario en general, se motive porque le interesa alcanzar el objetivo de su proyecto. Nos fijamos demasiado en los rangos, niveles salariales, y precisamente las comparaciones con respecto al que menos hace, acaban arruinando cualquier proyecto de mejora dentro de las distintas unidades administrativas.

  1. Participar activamente en las redes sociales nos permite adquirir nuevos conocimientos y nuevas visiones aumentando nuestras capacidades y nuestro campo de visión

Bueno, realmente es una huida hacia delante de quienes no deseamos alejarnos de las bases sociales que nos mantienen, en una palabra, que no nos sentimos seres de otra galaxia, con privilegios y prebendas especiales, por encima del bien y del mal. En ese caso, y para quienes así pensamos, las conferencias, los grupos sociales, los proyectos más o menos “viables” de cooperación interadministrativa se convierten en una oportunidad para oxigenarnos. Pero no nos engañemos, no es un motivador, sino una automedicación para aliviar nuestra ansiedad.

  1. Tenemos una enorme satisfacción cuando conseguimos que un cambio se haga realidad y te llamen de otras áreas mostrando interés para aplicar la nueva fórmula

Es cierto. Me ha ocurrido más de una vez, y también me ha ocurrido que se vuelva contra mí esa llamada, porque hay quienes quieren ese cambio  “llave en mano” sin pasar por  las 8 etapas que resume magistralmente Kotter. Ni saben nada de este autor, ni por tanto, entienden a nadie que haya practicado esas recomendaciones. Todo fácil, ya mismo. Y como no se lo das, eres un mal compañero.

  1. Aumentamos nuestra autoestima cuando nos piden colaborar con proyectos para mejorar la situación actual

Este motivador realmente tiene poco recorrido. Lo digo con la experiencia de haber sido llamado en unas cuantas ocasiones para colaborar es proyectos de cierto alcance con objetivos bastante ambiciosos de cambio. Y tiene poco recorrido porque generalmente el esfuerzo dedicado, al menos en mi caso, siempre lo fue a costa de tiempo dedicado a mi propia unidad, es decir, debilitando el desarrollo de mis propios proyectos. Con ese “debe”, si el “haber” externo no llega a materializarse, y no digo ya reconocerse en las altas instancias políticas, el malestar que se va acumulando deteriora progresivamente la imagen idílica que inicialmente tenía de que en esos proyectos es donde se “corta el bacalao”. No siempre es así, más bien, pocas veces lo es, y por tanto, al cabo de unas cuantas experiencias cuando menos indefinidas en cuanto a resultados, decides “reservarte” para aquellos proyectos en los que conozcas quien lo lidera, si te merece confianza y por supuesto, manteniéndote a la expectativa en cuanto a esfuerzo dedicado al proyecto, no sea que acabes quemándote mucho más aún de lo que ya estás.

  1. Nos enfadamos cuando sufrimos el encorsetamiento de la administración ampliando nuestro deseo y convencimiento que necesitamos cambiar algunas cosas.

No sé si enfadarse es una motivación. Al menos para mí, es una válvula de escape para mantener mi salud mental más o menos sana. Lo del deseo del cambio lo trato precisamente en unos cuantos desmotivadores nuevos de la lista inicial de 9 que estoy aquí comentando.

  1. Nuestras acciones ayudan a “despertar” a algunos, mostrándote su agradecimiento para ayudarles a mejorar y ver la posibilidad de salir del pozo en el que se encontraban sin ver la salida

Aquí hay de todo, como en la botica, porque la palabra “despertar” puede interpretarse de muchas maneras, y algunas no son precisamente deseables. Aun así, este es, junto con la vocación de servicio público, el otro gran motivador, la idea de arrastrar, liderar, dar ejemplo de buen hacer para rescatar a los y las funcionarios rescatables, la de crear tejido funcionarial sano que permita construir órganos administrativos que consigan producir bienes y servicios públicos de calidad.

  1. Recibimos mayor confianza de otros colegas de trabajo, mostrándote sus problemas y sus necesidades, que hasta ahora no habían sido capaces de exponer

Creo entender la frase, pero no lo aplicaría a algo motivador. Realmente aquí estamos hablando de lloros y confesiones varias, además de chascarrillos varios, que se ven incrementados sobremanera cuando alcanzas jefaturas de nivel intermedio, donde la soledad es algo habitual. Esa soledad del capitán en el frente de batalla es la imagen que me viene a la mente y que se intenta remediar con entradas en tu despacho y cierre de puerta para poder “aliviarnos” mediante una comunicación franca con alguien de confianza. Pero eso no es precisamente algo motivador, sino un signo de la desunión interna que caracteriza a los miembros de la Función Pública.

  1. Los proyectos en los que participamos requieren mucha dedicación y no estamos dispuestos a dedicar tiempo a enfadarnos con la situación y vernos afectados por el entorno. Eso nos impediría avanzar

De nuevo estamos en una situación egoísta, que comentaré más tarde. Es decir, en lugar de luchar contra un sistema obsoleto y poco eficiente, una vez que tengo algo que hacer, me sumerjo en un trabajo más o menos gratificante para mí, y me olvido del resto del mundo, incluso de si el proyecto en el que trabajo tiene futuro, sirve para algo o si acabará en el cubo de la basura. No es algo motivador.

  1. Estamos convencidos que quejarse y no hacer nada no mejorará la situación. Lo único que puede mejorar la situación es actuar

No hemos avanzado respecto al punto anterior. Queremos actuar, lo que consideramos motivador, pero actuar con lo que sea, con lo que tengamos a nuestro alcance, estar entretenidos, para acallar nuestra conciencia, para sentirnos útiles. Y ahí es donde empleamos nuestras energías, olvidándonos de los objetivos de gran alcance que sean comunes a todas la Administraciones Públicas.

  1. Sentir que contribuyo positivamente a la sociedad y que el dinero público está bien invertido

Seguimos dando vueltas a lo mismo, a la idea de que realmente nos estamos ganando el sueldo que nos pagan los demás ciudadanos, tranquilizando nuestras conciencias. No veo nada distinto del gran motivador, el principal, “tener vocación de servicio público”.



Desmotivadores


  1. Se cuestione nuestro trabajo o la forma en que lo realizamos

Suele ser habitual escuchar frases negativas de quienes nos gobiernan, de los medios de comunicación adictos a esos gobernantes, al sistema partitocráctico que tiende sus tentáculos por todas partes, cuando se refieren al trabajo “en general” de los funcionarios. La entrevista a Rosell, presidente de la patronal por parte de Jordi Ebole en el programa Salvados, no tiene desperdicio. Llega a decir ese señor, que un ministro le había “confesado” al abandonar su cargo que no pudo hacer nada durante ese tiempo porque los funcionarios de su ministerio le tenían bloqueado. En fin, con semejantes patrañas y dislates, cómo no vamos a desmotivarnos.

  1. Sólo se tienen en cuenta detalles menores y secundarios de nuestro trabajo

Realmente no se tienen en cuenta, porque no tienen ni idea de lo que hacemos. Jamás en mi vida de funcionario en 25 años he visto a un alto cargo político pasar revista a las distintas funciones que deben llevarse a cabo en su Unidad, departamento, o como lo queramos llamar. Si no saben qué hacemos, si les importa un bledo, cómo van a distinguir lo principal de lo secundario. Esa actitud política, de los que llegan cada vez que hay un cambio en la cúpula, ya es previsible para mí, y para la mayoría es desmotivadora. A mí personalmente ya no me desmotiva, sino que es una aliento para indignarme y movilizarme en la denuncia del sistema actual.

  1. No hay una valoración (no nos referimos al reconocimiento sino a dar valor) del esfuerzo realizado

Por supuesto que ni hay valor, ni medida de nada o casi nada. Ahora, sólo ahora, en el informe CORA he leído que se pretende medir la eficiencia en la prestación de los servicios públicos. Por supuesto que no hay mención al cómo, ni se habla de cómo relacionarlo con el dimensionamiento de las distintas unidades administrativas. A los veteranos nos desmotiva cómo se da la espalda al problema, por parte de la clase política, sea del color que sea, y se buscan alternativas “interesadísimas” para evitarnos, en forma de contratos no necesarios, convenios, privatizaciones, etc. Claro que desmotiva ese comportamiento.

  1. No tenemos la posibilidad de decir “NO” a las tareas que se nos encomiendan o a dudar de la forma en que hay que ejecutarlas (justificando la negativa, claro)

Alguno dirá que eso va con el cargo, pero no es así. Creo que se puede y debe decir que no, motivando especialmente cualquier ilegalidad. Más adelante comento temas relacionados como el mutismo, el servilismo, etc.

  1. Todas las decisiones se toman pensando en el ahora (la coyuntura), no hay una proyección en el futuro de nuestra misión (una visión clara)

Es uno de los aspectos más desmotivadores a tener en cuenta si queremos mejorar la Función Pública. Y es tanto más perjudicial cuanto más alto te encuentras en la jerarquía y cuanto más te preparas y actualizas tus conocimientos. Es realmente penoso observar que los conceptos plan estratégico, desarrollo operativo de planes, indicadores, cuadros de mando, etc, en general son desconocidos, o peor aún, manipulados por los cuadros políticos de turno, para hacer ver que están al día en materia de gestión, cuando realmente no tienen ni idea, y que incluso, lo único que pretenden en sacar el máximo partido al presupuesto que manejan de una manera poco edificante. Esto también desmotiva y mucho.

  1. No nos identificamos con nuestra organización: cuando nos presentamos en otros foros no laborales

Ah, sí, la vergüenza de confesar que somos funcionario/as…Que suele ser por dos motivos. El primero es el de evitar que nos miren con odio, envidia, desprecio o similar cuando nos identificamos como funcionarios, y la segunda es la de evitar que nos hagan “encarguitos” cuando descubren que podemos serles útiles a esos amigos, familiares, vecinos, etc. Generalmente son los funcionarios de Hacienda los que más lo ocultan, especialmente al comprar algo que podría hacerse sin factura y escamotear “por una vez “ el IVA. Si confiesa que es de Hacienda, no habrá ni un solo comerciante al que consigas convencerle de que te haga el favorcito.  Pero dejando a un lado los chascarrillos varios, lo cierto es que no sentimos ningún orgullo de ser lo que somos, servidores públicos. No sé si es desmotivador o más bien un síntoma de nuestra baja estima.

  1. La tareas se hacen “como siempre”, siguiendo el procedimiento establecido, como si fueran mandamientos divinos

No es que esto sea desmotivador, sino más bien, que no se establezcan sistemas de calidad en la que la mejora continua de esos servicios públicos para aumentar la satisfacción del ciudadano sea el objetivo principal. Debería ser obligatorio que cualquier administración pública, y cualquier servicio público estuviera amparado o inscrito en un sistema de gestión de calidad, lo que daría voz y sentido a quienes tienen ideas o propuestas de mejora. Así no quedaría en manos de cualquier jefe o jefa que no quiera complicarse la vida, que no se implique (volveré sobre esto de la implicación de jefaturas más adelante).

  1. En la Administración todavía se trabaja bajo modelos “jerárquicos”, en lugar de apostar por modelos más “redárquicos” (en red) por lo que no se aprovechan todas las capacidades (fuga o desperdicio de talento)

Más que de fuga, que en época de crisis suele ser algo muy hipotético y casi no se ve, hablaríamos de desperdicio de talento. En su momento, hace más de 15 años, pasada la euforia de la NGP, llegó la moda de la red, del trabajo en red. Me entusiasmé con la idea. Leí a Castells y su sociedad en red, y a muchos otros hablando de sus enormes ventajas. Ahora estoy en una fase bastante menos eufórica porque percibo un problema insoslayable: a nuestra clase política no le interesa  que trabajemos en red, que simplifiquemos, que innovemos en gestión. Perderían sus chiringuitos. Ahora son el gran problema para el cambio.

  1. La pasividad del funcionario.

Lo diferencio del mutismo, que es comentado más tarde. Aquí me refiero a la inacción continuada ante avances necesarios que hay que poner en marcha cuanto antes pero que son sistemáticamente ignorados, actuando como los avestruces, metiendo la cabeza en la arena ante cualquier amenaza en el horizonte, o utilizando el “lanzamiento” de documentos a otras unidades administrativas para quitarse el problema de encima (hablo de irresponsabilidad más adelante). Me viene a la memoria la canción “el aldeano tiró, tiró la piedra…”.

  1. El sentido trágico de nuestro sino.

Se ha comentado en diversos puntos anteriores y en general en la frase más desmotivadora que puede escuchar un funcionario recién obtenida su plaza en una oposición: “muchacho/a, aquí no se puede hacer nada para mejorar. Cuando lleves 5 años aquí me darás la razón”. Lo tenemos metido hasta los tuétanos, y cuantos más años tengas de servicio más adentro.

  1. Nuestra cobardía o de la que nos rodean.

Aunque ya he comentado algo en alguna propuesta “motivadora” insistiré algo más aquí. En general el funcionario es cobarde, somos cobardes ante los problemas que le ocurren a los demás compañeros, especialmente si son luchadores, perseguidores del cambio, o si se atreven a decir que no al poder político de turno. Sin saber muy bien cómo, esa cobardía va tejiendo una especie de capullo donde el funcionario díscolo queda recluido, apartado, como un bicho raro, alguien al que es mejor no hablar ni encargar nada, no sea que el poder te marque a ti como enemigo también, y por tanto, corras su misma suerte.

  1. El pesimismo creciente.

Y si sumamos el mutismo, el sentido trágico de nuestro sino y nuestra cobardía, acabamos desarrollando un pesimismo creciente que lo invade todo y que contribuye a desmotivar intensamente al personal.

  1. Nuestra insolidaridad cívica.

Tal vez derive de nuestra cobardía y del mutismo tan desarrollado que tenemos, de oír ver y callar, que algunos internamente lo alaban diciendo “para eso somos funcionarios”. Nos desconectamos de la sociedad que nos da de comer, que da sentido a nuestro trabajo. Ni calidad, ni satisfacción del ciudadano, ni nada de nada, ausentes, enclaustrados en nuestras oficinas, detrás de mostradores, o como mucha innovación, con una mesa de casi un metro de ancho entre nosotros y el ciudadano. Y si hablamos ya de conexión global con la sociedad, sólo tenemos que ver los datos de participación activa en huelgas generales o movilizaciones ciudadanas. De nuevo, quienes se quedan dentro lo justifican con el consabido “para esos somos funcionarios”. Pero claro, luego escondemos nuestra condición a los vecinos y en general a cualquier ciudadano con el que nos encontremos. No somos consecuentes.

  1. La envidia.

Es verdad que tiene un carácter general, pero en el caso de los funcionarios es realmente doloroso y desmotivador observar que se antepone a cualquier concepto de servicio público eficiente.  Por ejemplo, vivido por mí como ciudadano y como funcionario: el otro lado del mostrador de atención al público está vacío, el ciudadano espera resignado, pero nadie se levanta a atender porque fulanito o fulanita que debería estar ahí gana más, precisamente por hacer esa labor. Nos da igual lo que sufra el ciudadano, incluso le ignoramos visualmente, e incluso si llegamos por casualidad a atenderle mostramos nuestro enfado, nuestro cabreo por el hecho de haber tenido que sustituir a un compañero/a que gana más que nosotros, e incluso remarcamos nuestra “hipotética” ignorancia respecto al trámite al que nos está obligando la presencia del ciudadano... Y aquí enlazamos con otro desmotivador.

  1. La irresponsabilidad y la arresponsabilidad

Aquí lo he observado en todas partes y en todos los niveles o categorías profesionales, sobre todo cuando tenemos que hacer algo obligados, algo que no acabamos de dominar o que nos llega en un momento realmente inoportuno. Por ejemplo, justo antes de nuestro descanso matutino, del archiconocido “desayuno” (sí, el de las 11 de la mañana…). Pobrecito ciudadano que llegue a esa intempestiva hora porque se encontrará bajo mínimos las oficinas, con personal que muchas veces, la mayoría innecesariamente se declara  “arresponsable” de sus actos en sustitución del titular del puesto. O cuando cogemos el teléfono que no para de sonar, simplemente para que deje de darnos la lata, y atendemos a un mínimo nivel de atención la pregunta del ciudadano, limitándonos a “coger el aviso” o a “dejar una nota al que lo lleva”. Eso sí, la nota tomada carece de casi todos los datos mínimos que hacen que el pobrecito “que lo lleva” sea capaz de preparar de antemano la respuesta, y tenga que requerir del ciudadano “de nuevo” toda la información que ya expuesta en la primera llamada. Y caemos esta vez en irresponsabilidad, cuando hemos tomado esa nota, la hemos dejado sobre la mesa “del que lo lleva” y ni nos volvemos a preocupar de si “el que lo lleva” ha llamado, o ha vuelto de su baja, o si sus vacaciones serán más largas de lo que creíamos.  Nos hacemos irresponsables cuando nos empeñamos en crear un auténtico caos interno en las oficinas al obsesionarnos con pedir las vacaciones todos en las mismas fechas, obligando a crear a las jefaturas o incluso mucho más arriba normas internas de funcionamiento draconianas, del tipo “no firmo ninguna hasta tener todas las solicitudes sobre mi mesa”. Algo que tendría que ser un procedimiento de auto organización de los funcionarios se convierte en una batalla campal donde asoman y a la vez se esconden todas las envidias, egoísmos e insolidaridad que llevamos dentro y que la Función Pública promueve constantemente. También somos irresponsables cuando actuamos de mala fe, emitiendo informes vacíos que no dicen nada para evitarnos problemas, llenos de ambigüedades y en los que no hay intención de ayudar en nada a quien no lo ha pedido, y mucho menos cuando se entrecruzan problemas de adscripción orgánica, categorías profesional o enemistades-amistades personalísimas, inconfesables e incompatibles con el espíritu del servicio público y de la Función Pública. Es un gran desmotivador para quienes no lo practican.

  1. El “trepismo”, el “salto de la cabra” y “la puerta giratoria”

Las he incluido todas en este punto porque se refieren a lo mismo, a cambios inesperados en la estructura orgánica y no tanto en la categoría profesional, que provocan auténticos terremotos en las unidades administrativas que se ven afectadas. Empecemos por el primero, el trepismo. Quizá es el que más similitud tiene con el sector privado. Se caracteriza por la convicción profunda del que trepa de que debe hacer algo para acelerar su carrera hacia la cumbre, que si es en la Administración, pasa, dependiendo de su categoría profesional, de conseguir el puesto de trabajo que tenga el máximo nivel al que tiene derecho. Mediante todo tipo de actuaciones, artimañas y sobre todo, buenas “conexiones políticas” consiguen lentamente llegar allí. Digo lentamente, porque a diferencia de los que hacen uso del “salto de la cabra”, se toman su tiempo para asegurar que no habrá caída. Si saltas mucho, puedes no alcanzar el punto de destino, o alcanzarlo, sostenerte por un pequeño lapso de tiempo y finalmente venirte abajo. Suele ocurrir mucho en las Administraciones Públicas con las libres designaciones, que promueven, por estar muy mal diseñadas normativamente, saltos espectaculares desde técnico a puestos altos, saltándose toda la estructura de mandos intermedios, donde según los políticos al mando “no hay cantera apropiada” o porque “nadie de en medio tiene interés en el puesto”. Es evidente que si no fuera de libre designación, expuesto a los deseos inconfesables y consiguientes iras políticas del que manda cuando no eres obediente y servil, otro gallo cantaría. Todo esto desmotiva sobremanera, y muy especialmente a quienes están en esos mandos intermedios, entre los que me incluyo.
Y no olvidemos la “puerta giratoria”, esa extraña característica de la Administración Pública española que facilita sin el más mínimo pudor, sin mencionar jamás la incompatibilidad por razones de intereses públicos afectados y comprometidos, la entrada y salida de funcionarios en el sector público, y peor aún, la de altos cargos políticos que vienen del sector privado, justamente de aquellas compañías que luego tienen participación activa en contratos públicos. Se imaginan qué contento está mi amigo (caso real) cuando exige al contratista que cumpla lo estipulado, y éste llama a su exjefe que curiosamente es el máximo responsable político actual de la unidad administrativa en la que trabaja mi amigo, para pedirle que le dé “un toque”. Es descorazonador ve su cara tomando café y contándote cómo no consigue meter en cintura al contratista, que “se escurre como una culebra” e incluso  se ríe a la cara de cualquier petición bien fundamentada.

  1. Las mentiras insidiosas

De nuevo, este desmotivador podría utilizarse en el sector privado y tendría los mismos efectos. Se le miente al ciudadano, se le miente al empresario, respecto a otros compañeros, respecto a jefes y altos cargos. Engordamos los problemas sencillos a sabiendas de que no es para tanto. Hacemos crecer la bola de nieve de cualquier noticia no habitual, y practicamos con habilidad la técnica del “teléfono roto” también de un modo consciente. Y si ya se trata de “jovencito/as” recién llegados a la Función Pública les intentamos manipular con nuestros viejos vicios, buscando “hacerles de los nuestros”, y si se trata de veteranos recién incorporados de otros destinos mediante concursos internos, llevamos a cabo un interrogatorio sibilino y continuado en el tiempo hasta tener “perfectamente catalogado/a” a la nueva incorporación, simplemente por sentirnos más seguros de que “todo sigue igual”.

  1. La desunión interna

Hace tiempo que me di cuenta de que jamás se conseguiría crear una fuerza de choque, de cambio y modernización de las Administraciones Públicas desde dentro, originado en las propias filas de funcionarios y funcionarias. Si alguna vez se ha logrado algo ha sido siempre porque algún funcionario ha llegado a Ministro del ramo y ha conseguido que se legislara favorablemente para ese cambio. Nunca vemos colectivos de funcionarios organizados a favor de una nueva administración. Hace casi un año apareció una iniciativa en Linkedin a la que intenté sumarme, pero en vano. No sé muy bien qué ocurrió pero ni obtuve respuesta ni he vuelto a oír nada sobre ella. Supongo que finalmente el organizador tuvo presiones de todo tipo, desde buenos compañeros que te aconsejan que “no te metas en líos”, y familiares, que no comparten contigo la vocación de servicio público, y que también influyen mucho en ese escaso interés por asociarnos con el resto de compañeros para crear ese frente, o esa ola de cambio profunda de la Función Pública. La pasividad acaba siendo la consecuencia.

  1. Nuestro egoísmo funcional

Sí, somos egoístas hasta extremos inimaginables cuando defendemos nuestra parcela de trabajo, nuestro pequeño mundo. Que nadie ose amenazar esa autonomía funcional (sobre todo si tienes una jefatura, por muy insignificante que sea), que nadie intente reorganizar lo que tenemos bien organizado a nuestra manera, que nadie nos obligue a intercambiar datos con otras unidades, o a seguir nuevas normas, nuevos procedimientos, o peor incluso, que nadie intente asumir con carácter más general una nueva iniciativa, un cambio que “nosotros inventamos y pusimos en práctica”, porque nadie sabe tanto como nosotros del tema y evitaremos como sea que “otro se lleve los méritos porque ahora se verá mucho más”. Y es que como la falsa moneda  tiene dos mismas caras desmotivadoras: no ver reconocido un mérito propio que nosotros con nuestro esfuerzo hemos sacado adelante, y otro, ver reconocido el mérito del que copia nuestro “invento” en un nivel más elevado, y más cercano al poder, al que finalmente lo valora y premia. Casi preferimos callarnos y que nuestro invento, pequeñito eso sí, se quede estancado por falta de promoción interna, para evitarnos el disgusto de no ser reconocidos en la justa medida.

  1. Nuestro “garantismo”.

Puede tener también dos caras. La primera se refiere a los efectos negativos y dilatados en el tiempo de actuaciones tan garantistas. Es tan exagerado que muchas veces desmotiva al mejor funcionario que pueda existir, precisamente porque se utiliza como una venda que se pone antes que la herida. Por ejemplo, esas frases lapidarias, profundamente desmotivadoras del tenor “para qué vas a intentar abrirle un expediente disciplinario si no sirve para nada”. Es cierto que algunas veces no sirve, pero cuando la inacción tiene asociadas otras causas como la pereza, la irresponsabilidad, el amiguismo o la cobardía, provoca un daño espectacular, exageradamente desmotivador, sobre todo entre quienes están al lado, que observan y toman nota, normalmente para rebajar su nivel de motivación.
Respecto a la otra cara de esta otra moneda desmotivadora tenemos la utilización de la Ley de Procedimiento Administrativo y derivadas a nuestro favor, alargando los procedimientos innecesariamente, olvidándonos de la eficiencia administrativa, retrotrayendo procedimientos para “disfrutar” con los vericuetos, o peor aún vacíos legales no  previstos por el legislador, en una especie de desafío del funcionario avezado que le dice internamente “yo sí que sé de esto y no esos diputados”. Realmente desmotiva encontrarte con actitudes de este tipo, que torpedean la labor administrativa básica, impidiendo soluciones sencillas y baratas, incluso con la aquiescencia del ciudadano administrado, simplemente porque quiere hacer valer sus conocimientos, su puesto y su poder.

  1. Nuestro espíritu acomodaticio

Y lo relaciono directamente con la desunión interna característica del funcionariado español. En lugar de presionar, organizarnos y promover el cambio, nos acomodamos a las malas situaciones, a los políticos nefastos que nos puedan tocar en suerte, diciendo en nuestro interior “a ver cuánto dura éste en el cargo”, porque si tenemos experiencia sabemos que nosotros seguiremos pero él o ella se irá. Nos aplicamos la máxima de “esperar ver pasar al ataúd de tu enemigo”. Se convierte en una actitud desmotivadora para quienes no están de acuerdo con el sistema actual, comprobando que se quedan solos, en el esfuerzo del cambio, que hay demasiado “lastre funcionarial” que impide la maniobra.

  1. Nuestro servilismo trasnochado

No podía faltar este desmotivador. El servilismo es la deformación del espíritu acomodaticio, el aceptar lo que sea, cualquier orden, cualquier estupidez del que manda, con tal de no buscarnos problemas. Haremos lo que sea, con tal de que no me miren mal, incluso incumpliendo la Ley en algunos casos, o evitando mencionar ese incumplimiento a quienes nos están exigiendo algo y que luego deriva en lo que viene ahora.

  1. Nuestro secretismo

Sabemos mucho y lo ocultamos a sabiendas. Lo diferencio del mutismo, del que hablo en el siguiente desmotivador porque hay una parte activa, que en el mutismo se queda en pasividad, en no actuación. Cuando actuamos secretamente, buscamos lavar nuestra cara en actuaciones que sabemos que por nuestro servilismo no son del todo correctas. Podemos por ejemplo, no remitir al boletín oficial correspondiente algunas actuaciones, y si nos las reclama alguien, disimular diciendo que ha sido un despiste. Podemos escamotear algún documento comprometedor que no llega a formar parte del expediente, o que estando inicialmente, deja de estarlo, sin que se sepa muy bien qué ha pasado.

  1. Nuestro mutismo

Es una actitud pasiva, pero que también desmotiva a quienes lo perciben. Podemos callar ante un hecho que sabemos que conducirá al desastre, simplemente por venganza, o porque no queremos meternos en líos, que acaben volviendo como un boomerang contra nosotros, en forma de carga de trabajo o de complicaciones de diverso tipo, alterando nuestra balsa de aceite. También se puede observar en esas participaciones en reuniones técnicas en las que se dilucida mucho para el resto de compañeros y que no llegan a ser comentadas, ni resumidas, ni comunicadas, no sea que se altere el “buen clima laboral” existente y me vengan con reclamaciones que tendré que defender en sucesivas reuniones, complicándome la vida.

  1. La promoción interna.

El sentimiento de estar dentro de una “jaula de oro” se puede dar tanto al principio como al final de la carrera profesional, puesto que depende del ansia de promoción de cada cual. Hay quien jamás llega a tenerlo y se mantiene eternamente en el puesto en el que entró desde la oposición, y hay quien no para de concursar sin ton ni son, esperando encontrar su puesto ideal donde pueda desarrollarse profesionalmente plenamente. No saben al principio que no depende del puesto, que los puestos van y viene, y las jefaturas y cargos políticos de los que dependen también, y por tanto, las incógnitas a despejar son tantas, que ni el superordenador Deep Blue sería capaz de lograrlo. Al final se desmotivan amargados ante la falta de futuro.

Junto a estos, nos encontramos con los veteranos que alcanzan el techo de cristal de los puestos de concurso, y no les apetece para nada, luchar por un puesto de libre designación que está mal planteado, ya que ni tiene carácter directivo, ni tiene especiales circunstancias, tal y como indica la Ley. No, es un puesto de jefatura normal, pero que quiere ser controlado por el poder político y por tanto, se le pone el filtro, disolviendo como el veneno más potente la solidez del entramado organizativo constituido y por tanto, laminando las posibilidades de promoción hacia arriba. Si añadimos en muchos casos las nulas posibilidades de promoción horizontal entre administraciones públicas, el sentimiento de estar en una “jaula de oro” se convierte en una pesada losa tanto para el propio inquilino de la jaula, como para los compañeros o jefes “propietarios” de la jaula que ven que el pajarito se les está muriendo de tristeza y no tienen nada para animarle.

  1. El modo de reclutamiento y de promoción.
Realmente es aberrante comprobar que una y otra vez consiguen introducirse en las filas de funcionarios y funcionarias, elementos no deseables, que ni tienen vocación de servicio público ni el más mínimo interés por el trabajo bien hecho. Pasar la oposición se convierte en el “objetivo final”, para aterrizar en un mundo placentero e idílico, sumando efectivos a ese tipo de funcionario/a que reproduce el sistema actual, que invita al inmovilismo. Así no vamos a ninguna parte. Si no conseguimos reclutar a quienes quieran ejercer un buen servicio a los ciudadanos, difícilmente conseguiremos cambiar el sistema.
Esto por no hablar de la carencia de un sistema “altamente efectivo” de movilidad interadministrativa, dejando a un lado la decimonónica “permuta”,  con sistemas de concursos nacionales, que incluya a todos los niveles, desde la AGE, las comunidades autónomas y a los entes locales. Aunque sea difícil, debe hacerse cuanto antes. Y para cuándo los sistemas de acceso unificados, con OPEs generales. Las elites políticas locales lucharán a brazo partido por hundir ese proyecto, pero si no queremos jaulas de oro, desmotivación, tenemos que avanzar en este aspecto.
Y qué decir de las libres designaciones, lo que llamé en su tiempo “libre indignación” de quienes vimos la expansión creciente de esa figura en las relaciones de puestos de trabajo, fuente de corruptelas, silencios, servilismo y tantos y tantos factores desmotivadores.

  1. La falta de compromiso de las jefaturas
 No hay peor desmotivador para cualquier funcionario de cualquier administración pública que comprobar que tu superior inmediato no se compromete para nada. Aquí voy a volver a contar la historia de los huevos con tocino, que me contó mi buen amigo Txomin Basaguren durante unas jornadas de formación en materia de calidad en la Administración Pública. Nos decía que para apreciar la diferencia entre comprometerse y colaborar debíamos tener en cuenta cómo se cocinan los huevos con tocino. En este caso,  la gallina “colaboraba”, pero el cerdo “se implicaba”. No hace falta decir más para entender qué debemos hacer los jefes y jefas respecto a nuestras tareas, cómo implicarnos, o de lo contrario, la desmotivación se extiende como una mancha de aceite entre nuestros colaboradores o subordinados. Si les llamamos colaboradores tendremos claro hasta dónde llega su nivel de implicación o compromiso, que en resumen, viene con el puesto de jefatura. No nos engañemos.

  1. Carencia de la unidad de “servicios internos”
 Vemos en las pelis policiacas, sobre todo en las americanas, a estos señores de oscuro, serios, malencarados, provocadores, los de “servicios internos” que intentan mantener la disciplina en un cuerpo armado y dotado de autoridad administrativa. Casi nada. Pues bien, cuando lo trasladamos a la realidad administrativa española, nada de nada. Sí que hay un procedimiento sancionador, profundamente garantista, faltaría más, pero que queda en manos ejecutivas de los propios funcionarios. Se forma una especie de jueces instructores que elevan a Función Pública sus averiguaciones y conclusiones para que sea redactado el fallo, sancionador o no. Pues bien, casi nadie de quienes han sido llamados para actuar en esas instrucciones se ha sentido capaz de llevarlo a cabo. Es una tarea más que te asignan, que se suma a lo que ya tienes habitualmente. Imagínense el nivel de implicación que se puede llegar a tener, y eso frente a un compañero funcionario/a al que tienes que juzgar en primera instancia. Simplemente no funcionan correctamente, es un procedimiento trasnochado, lento y farragoso, costosísimo en tiempo, y poco especializado. La sensación de hacer mal las cosas y de que hay muchos de esos pocos funcionarios sinvergüenzas que consiguen librarse de una sanción grave o mejor aún, muy grave que llegue a apartarles definitivamente de la Función Pública, socava la moral general, lanzándose al aire frases del tipo “aquí no hay nada que hacer”, “se va a ir de rositas”, “siempre acaban encontrando una mala excusa que se acepta”, que tienen una  fortísima carga de desmotivación. O profesionalizamos en la Función Pública la existencia de personal especializado en estas funciones disciplinarias internas o seguiremos viendo a los “malos” campando a sus anchas, arruinando la ilusión de quienes quieren hacer bien las cosas. Necesitamos a un buen sheriff que imponga la Ley y el orden.


Y hasta aquí he llegado. Me temo que demasiado lejos. Sé que podría haberme extendido mucho más, pero seguro que acabaría aburriendo a toda aquella persona que con ilusión había iniciado la lectura de una entrada en este blog que habla de la motivación del funcionario público. Casi nada.

domingo, 26 de mayo de 2013

Empresarios en España, cerrando el anillo de poder (5ª entrega)

Con esta quinta y última entrega sobre las élites de poder en España se termina esta pentalogía iniciada ya hace unos cuantos meses. Como pueden ver, no he sido capaz de sostener un ritmo de escritura adecuado y  no me extrañaría que se hayan perdido entre tanto párrafo inconexo. Pero esto es un blog, un diario muy personal de un inoportuno, funcionario aguerrido por las mañanas y ciudadano preocupado y consciente por las tardes-noches, y es que el tiempo no da para más.

En cualquier caso, y pese al pequeño batiburrillo que he generado, en algunas de las entradas a este blog de esta serie ya dejé sentada mi hipótesis acerca de la composición de esas élites gobernantes en España: políticos profesionales, grandes empresarios y los representantes de medios de comunicación más entregados (tertulianos adictos, dirigentes de esos medios...). De los primeros y de los terceros ya quedó expuesta mi opinión. Ahora toca hablar de los empresarios, grandes y medianos, altos dirigentes, grandes accionistas, consejeros delegados, y algo menos, prácticamente nada hablaré del pequeño empresario y del autónomo.

Y tengo que empezar por lo que más me molestó, molesta y molestará de ellos: su permanente animadversión a lo público, a la empresa pública, a la cooperativa popular, a las iniciativas sociales que buscan otros modelos de crecimiento, otra forma de rendir cuentas ante la sociedad, ante la ciudadanía en su conjunto. Y dentro de esa inquina constante, el funcionariado se presenta como el gran enemigo a batir, a reducirle a la nada, a masacrarle sin piedad. Esto que comento aquí, es un hecho probado, que tiene su reflejo en numerosas declaraciones de la gran patronal española, la CEOE, y muy especialmente desde la llegada del actual su presidente Juan Rosell, sobre la incompetencia y dispendio que supone para el país el conjunto de personas que trabajamos en las distintas Administraciones Públicas.

Aún resuena en mi memoria la entrevista que le hizo Jordi Evole en el programa Salvados. El resumen de aquella media hora no puede tener otra palabra para describirlo que la de decepcionante. Recuerdo la risotada que me salió del alma al escucharle y verle la cara de circunstancias al decirle al entrevistador que con los funcionarios de este país no se puede, que siempre están en contra de todo, intentando bloquear cualquier mejora, planes de actuación o lo que se tercie. Y para corroborar su tesis no tuvo otra idea que decirnos a todos los que le escúchabamos que un exministro, recién abandonado su puesto, se excusaba delante de él diciendo que no había podido hacer nada por culpa de la estructura interna de poder dentro de su Ministerio. Había fracasado por culpa de los funcionarios, mardito' roedore'  que diría el genial doblaje de los dibujos animados donde el gato Jinks y sus continuos fracasos en labores de caza eran el núcleo de cada guión. Pobre gato Jinks, pobre exministro, pobres todos los ministros, pobres...los funcionarios les hacemos la vida imposible, bloqueando continuamente sus iniciativas. Al menos eso es lo que dicen, y cuando lo afirman en público deberían probarlo, asunto harto difícil si la acusación es falsa.

Tiene que haber una inquina secular y un objetivo inconfesable de gran calado como para utilizar en un programa de máxima audiencia como es Salvados semejante argumento. Si el señor Rosell hubiera pensado en clave privada, sin prejuicios sobre los funcionarios, hubiera podido responderle al exministro de la cita, que era un completo inútil, flojo, falto de ideas y de iniciativa, y que si hubiera sido un subordinado de alguna de sus empresas le hubiera despedido inmediatamente si se hubiera excusado de la misma manera.

Pero no fue así, se lo creyó porque la cara del señor Rosell era todo un poema mientras lo decía, completamente convencido de que tales funcionarios son siervos del demonio, egoístas incompetentes, perseguidores de su propio beneficio, que no es otro que el de vivir plácidamente ajenos a los problemas de la sociedad que les da de comer.

Ahora bien, después de la risotada que me salió del alma al escuchar aquella majadería, eso sí, recitada con gran convencimiento, me vino a la mente la gran pregunta: ¿por qué nos odian tanto los empresarios? ¿Por qué tanta inquina, tanto deseo de hacernos desaparecer del entramado socio-económico del país? Bien, era motivo de reflexión, y aproveché la dichosa entrevista para dar cuerpo a la quinta y última entrega de esa serie de entradas del blog que hablan del poder, de las elites que lo ostentan; en este caso, de los empresarios.

Empezaré contestando a esa pregunta exponiendo mi tesis personal. Nos odian tanto porque suponemos una amenaza, una alternativa a esas elites que nos malgobiernan. Constituimos una formidable maquinaria de actuación, ahora casi inactiva, eso sí, pero que puede ponerse en marcha en cualquier momento en cuanto la ciudadanía eleve hasta el Gobierno a personas que algunos llaman tecnócratas, en sentido peyorativo, pero que no es otra cosa que ciudadanos que saben lo que hay que hacer, y que no necesitan echar a nadie a la calle, que saben que cuentan con personas muy preparadas, conocedoras y respetuosas de las leyes y capaces de hacer funcionar al sector público como si de una maquinaria bien engrasada se tratara, del mejor motor diesel que se puedan imaginar, que cuentan con el mejor personal funcionario de ministerios, cabildos, diputaciones, ayuntamientos para trabajar por la nación.

Nos odian, porque el sistema de selección del personal funcionario es mucho más exigente, justo, equitativo que cualquier otro que se haya inventado, y hace que miles de personas ilusionadas por trabajar en la cosa pública opten todos los años por dejar el sector privado, drenando sus bases de reclutamiento de los mejores.

Nos odian porque nunca serán tan igualitarios como es la Administración Pública en materias de género y de clasificación profesional, con una diferenciación salarial entre el peor pagado y mejor pagado que tendría que causarles sonrojo. A buenas horas nos vienen con pautas y comportamiento ético desde la CEOE.

Nos odian y es algo compartido con muchos políticos que nos gobiernan, porque no estamos en venta, porque mantenemos una independencia social y política que es la base de la neutralidad administrativa. No lo entienden y no lo quieren entender. No pueden comprarnos.

Nos odian porque las empresas públicas creen que tienen que servir a los ciudadanos como primera norma, quedando el beneficio económico en otro orden de preferencia, lo que hace que ellos sólo vean una buena cantera de beneficios desperdiciados inútilmente, que deben ser privatizados y repartidos entre ellos cuanto antes.

Y  mientras tanto, se nos presentan como adalides del mejor comportamiento social y político posible, animando "ahora" a que ellos mismos se denuncien ante la CEOE cuando su imagen pueda quedar manchada. Realmente ya no tienen en el mercado ningún quitamanchas efectivo dada la negrura de sus almas corruptas, obsesionadas con el lucro personal a cualquier precio y de cualquier modo. Expongo a continuación algunos ejemplos de ese atroz comportamiento:

1. La puerta giratoria. Hoy soy político, mañana soy empresario, pasado mañana seré de nuevo político y así en un baile de engaños, donde el concepto de incompatibilidad ha dejado de tener el más mínimo interés para ellos.  La cuestión es conseguir violentar la maquinaria administrativa que vela por el interés público. Los funcionarios son un estorbo para...

2. Los contratos públicos sucios, amañados, conseguidos con malas artes, utilizando todo tipo de influencias. El caso Gürtel no es más que uno de los grandes, pero continuamente vemos en los medios, empresarios mencionados en escándalos que dieron el paso de ir por la puerta de atrás del despacho del político o del partido en el poder para violentar otro gran principio democrático "la libre competencia"...

3. Las subvenciones. Continuamente hablan mal de la Administración Pública y de sus funcionarios, pero no paran de visitarles para pedirles ayudas y subvenciones. Se ha desvirtuado completamente la labor de promoción pública de las Administraciones, sea el nivel que sea.  Ya ha dejado de tener sentido, mientras que otros grandes bloques de poder siguen campando a sus anchas, sin que los ciudadanos podamos hacer nada. Estoy hablando de:

4. Los mercados cautivos. Aquí tengo para hablar muchísimo, pero me limitaré a hacerles llegar mi más completa decepción acerca de las grandes privatizaciones de empresas públicas "rentables" durante los últimos 20 años. ¿En qué nos ha beneficiado por ejemplo  la privatización de Telefónica o de Argentaria?Ahora carecemos de una empresa pública que pueda luchar contra la concentración de empresas en esos sectores. Nos dicen ellos, los mismos que nos malgobiernan, que es bueno tener fuertes empresas para competir. La realidad ha demostrado que es una gran mentira. Ahora nos imponen los precios que quieren y sólo las pequeñas que entran en el mercado son capaces de hacer creíble el concepto de libre competencia. Si esto es así, ¿por qué se permitió esa concentración empresarial? ¿Por qué se vendieron los grandes paquetes de acciones a unos pocos sin publicidad, a escondidas?

Y ya me extenderé más en este último punto, ya que en el último número de la revista ICE del propio Ministerio de Economía nos  habla de la nula competencia en el mercado de carburantes en España. Entre tres empresas se lo guisan y nos lo preparan para que tengamos que comérnoslo, esté rico o esté apestosamente malo, como es casi siempre. Obtienen en cada litro de carburante mucho más beneficio que el que obtienen las empresas alemanas de su mismo sector, precisamente porque no tienen competencia.

Y mientras tanto el Gobierno, la otra parte del círculo de poder, sin mover un sólo músculo para poner en marcha iniciativas que fomenten esa competitividad, por ejemplo, fomentando el coche eléctrico, el transporte ferroviario (masivamente electrificado) o simplemente subvencionando la apertura de más gasolineras por parte de autónomos y pequeñas empresas, construyendo nuevos depósitos en puertos españoles, de utilización pública (bajo peaje, por supuesto) que sean alternativa real a los depósitos de combustibles de las tres grandes empresas del sector de España. En definitiva ayudando a generar ese mercado competitivo.

Ah, ya sé por qué el Gobierno de España no ha hecho nada de lo que propongo...seguramente porque en los ministerios hay funcionarios que bloquearán cualquier iniciativa de este tipo. Al menos eso le contará de Guindos, Montoro y Soria al siguiente jefe de la CEOE. Y para su vergüenza se lo creerá y se lo contará al sucesor de Evole...


miércoles, 29 de agosto de 2012

¿Y si no rescatamos a la banca...?

Hace unas semanas expuse mi opinión sobre la charlatanería de los componentes del Gobierno Rajoy. La entrevista del ministro De Guindos le ha situado en cabeza de esa especial liga de la incontinencia verbal gubernamental. Y eso a pesar de que los últimos días habían sumado muchos puntos los ministros Montoro y Soria, deslumbrantes acaparadores de minutaje en los medios de comunicación con su durísima discusión sobre las energías renovables, sin olvidar a la vicepresidenta Santamaría, con su exquisitez expositiva, clara, diáfana, transparente, cristalina sobre los detalles de la prórroga de la ayuda especial a los parados que se quedan sin subsidio por desempleo.

Desde luego que se lo están poniendo bien difícil a De Guindos si no fuera porque este ministro ha batido todas las plusmarcas de la arrogancia al autonombrarse portavoz único del sentimiento nacional español, o como lo resume él mismo, de España, puesto que revela a la prensa financiera extranjera que estamos todos y todas las que habitan este país deseando ajustarnos aún más el cinturón, que no hay problema en hacerlo si hiciera falta. Todo sea por recibir cuanto antes ese "segundo" rescate, o rescate "blando" o como lo quieran llamar.

Vuelvo aquí, desde esta tribuna (no me he podido resistir a llamarlo así, lo siento...), al ya viejo asunto del rescate bancario (el primer rescate que aún no se ha hecho realidad), y a su necesidad imperiosa, a su necesidad a secas, o como yo prefiero, a su innecesariedad. Esta última opción es la que  intentaré defender con argumentos lógicos, es decir, que no debemos rescatar a la banca, española o de cualquier nacionalidad. Porque leyendo a cualquier autor, investigador, experto que no comulgue con la línea editorial neoliberal predominante en el mundo económico y financiero actual, consigues entender mucho de lo que está sucediendo en este país, y en algunos más de nuestro entorno cercano, en el Sur y Oeste europeo. Por ejemplo, como venía adelantando en la página de este blog "Lo que estoy leyendo", el libro Hay alternativas de Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón, me ha conducido a una pequeña investigación del sector bancario español, a partir de los datos que sistemáticamente recoge el Banco de España y que publica en su web para quien quiera analizarlos científicamente.

Pues bien, empezaré con los datos del rescate en base a la información disponible en cuanto a los beneficios obtenidos por nuestras entidades de crédito frente al total de activos (debieran ser mayoritariamente lo que nos prestan) y pasivos (debieran ser mayoritariamente nuestros depósitos bancarios) que manejan. La gráfica es elocuente. Estamos viviendo en 2011 y comienzos del 2012 (no lo muestro porque sólo disponía de los datos hasta marzo) un auténtico desplome de los beneficios.
Elaboración propia a partir de datos obtenidos en la web del  Banco de España

¿Qué les está pasando a nuestros bancos? El siguiente gráfico muestra un ratio muy interesante, el porcentaje de ingresos procedentes de la diferencia entre lo que nos pagan por nuestros depósitos y lo que les pagamos por los créditos y préstamos que nos conceden. En menos de 20 años ha pasado de casi un 85% a un simple 50%, incluso con valores menores a esa cifra (recomendable según he podido leer en algún informe técnico) en los último años del glorioso y neoliberal boom del ladrillo español. En palabras llanas, esto quiere decir que nuestros bancos están abandonando con bastante rapidez la base de su negocio, recoger el dinero de los ciudadanos para revertirlo, transformado en forma de préstamos y crédito, en la economía española, aportando el combustible que ahora tanto falta. Ya volveremos luego sobre este tema para intentar aclarar a qué se están dedicando (el otro 50%)

Elaboración propia a partir de datos disponibles en la web del Banco de España
Pero es que si examinamos con más detalle los datos, observamos que los pocos préstamos que nos han estado concediendo, se dirigieron mayoritariamente al negocio hipotecario residencial, de primera y muchísima segunda vivienda, la que tiene peor salida comercial en tiempos duros como los que vivimos. La consecuencia es la acumulación de adjudicaciones y daciones en pago (las menos) de inmuebles de los pobrecitos españoles por casi toda la geografía española. Observen ustedes cómo les está yendo en los últimos años en el siguiente gráfico.



 La cifra es impresionante, mareante, escandalosamente exagerada. Nada menos que  260.000 millones de euros en inmuebles sin salida comercial, dada la debilísima demanda. A veces pienso que estamos a un paso de un auténtico desembarco mafioso blanqueador de capitales internacionales que se dedicarían a invertir a precios de saldo en inmuebles en España. La pena es que no se trata de hoteles, ni de grandes edificios de oficinas en el centro de dinámicas ciudades españolas. Casi todas son viviendas de dudosa calidad de acabado respecto a los estándares habituales, porque tenían como objetivo ser adquiridas por españoles con mayor capacidad adquisitiva que la actual, que vivían el sueño de una segunda vivienda en la costa, para pasar allí unas pocas semanas al año, o en su caso, para alquilársela a algún europeo que tampoco quisiera mucho más que sol y playa. Es decir, un negocio ruinoso en términos de rentabilidad económico-financiera para el español que compraba esa vivienda, que simplemente tenía en mente una inversión a medio-largo plazo bastante buena en el imaginario español. Porque ya sabíamos todos y todas que..."los pisos nunca bajan de precio". Si algo bueno saldrá de esta profunda depresión en la que estamos metidos es la desaparición para siempre de esa falsa idea que ha conducido siempre a alejarnos de productos de inversión alternativos. Y es que el asunto de las preferentes ha acabado con otro mito del españolito medio "yo lo dejo a plazo fijo con un interés majillo y a esperar, que al menos no pierdo lo que tengo". También se acabó, se secó este pequeño oasis inversor. Que conste que considero que nos ha venido muy bien para ir adquiriendo una mayor cultura financiera e inversora, porque buena falta nos hace para hacer avanzar este país.

 Volviendo al gráfico anterior, vemos que la curva azul, la que representa los inmuebles propios de los bancos han disminuido en su cifra total en los últimos tres años. Lo que les voy a contar ahora es una sospecha, y por tanto, tómensela con la debida precaución, sopesando ustedes mismos, en base a la información propia que manejen si estoy equivocado, mucho, poco o nada. En mi opinión, las entidades de crédito, nuestros bancos, están actualizando los precios de sus propios inmuebles al precio "razonable" que exige la circular 4/2004 del Banco de España (adaptación de las NIIF al sistema bancario español). Sus contables pueden hacerlo relativamente fácil. Son precios de oficinas que tienen aún mercado, donde hay compras y ventas de locales comerciales. También podría ser que incluso hayan vendido oficinas tras la fuerte etapa de concentración bancaria que estamos viviendo, aunque sabemos que muchas sucursales se abrían en régimen de alquiler.

Elaboración propia a partir de datos obtenidos de la web del Banco de España (2012 hasta marzo)
 Podemos añadir otra gráfica con los ajustes de valoración declarados en los balances. Son ya tres años con cifras negativas...Sin embargo, la curva magenta no muestra ese descenso, aunque se observa una ralentización en el incremento del saldo acumulado. Creo que la avalancha de desahucios y adjudicaciones de inmuebles en los juzgados, junto con el continuo estrechamiento del mercado inmobiliario (las cifras de nuevas hipotecas firmadas en los últimos meses son una buena muestra) dificulta enormemente conocer el precio "razonable" de mercado que exige la circular del Banco de España, antes citada.

Esta cifra de 260.000 millones es por tanto como los relojes de Dalí, plástica, deformable, cambiante,  un ejemplo puro de surrealismo. Solución propuesta, también surrealista: construyamos un banco malo y le cedemos todo este paquete inmobiliario, la gran patata caliente de España. La expresión cedemos no es correcta. Realmente de cesión nada de nada, ya que no sabemos el precio de esa gigantesca transacción, si como he venido indicando, lo anotado en los balances remitidos al Banco de España tienen un bajo porcentaje de exactitud, porque como dicen los expertos en la materia "no hay precio razonable porque no existe mercado". Lo que sí sabemos es quién pagará a los bancos por esos activos inmobiliarios, por quedarse con esa patata caliente: los ciudadanos españoles. Como decía el representante de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, es el mundo al revés: desahuciamos a cientos de miles de españoles para que otros millones de ellos paguen una cantidad indeterminada aún por adquirirlos de nuevo, vacíos de sus iniciales dueños, que habrán tenido que ir a vivir con los padres, con los suegros, de alquiler o debajo de un puente. Y como nuestras finanzas públicas no pueden abordar la transacción, nos endeudamos en los mercados internacionales a intereses desorbitados, porque nadie en su sano juicio querría prestar a alguien que hace cosas así. Claro que luego algunos aún dirán que los mercados son irracionales...

 Volvamos de nuevo a la fuente de ingresos de nuestros bancos. Sabiendo que apenas la mitad del negocio es el tradicional, ¿de dónde obtienen el resto de sus ingresos? En el siguiente gráfico tenemos parte de la respuesta. La obtienen sableándonos una y otra vez en cada ocasión que pueden a través de las famosas "comisiones" de todo tipo que aparecen continuamente en nuestras libretas y cuentas corrientes, para nuestra desesperación. La gráfica habla por sí misma. Hemos pasado de un 12,5% de ingresos procedentes de comisiones en los años 80 a un mareante 25%, es decir, el doble, y con años como el periodo 2003-2005 que llegaron al 30%.

Elaboración propia a partir de datos obtenidos de la web del Banco de España
El gran poder de la banca ha conducido a un incremento no proporcional de los costes de "producción" de esos servicios bancarios por los que nos cobran, hayamos o no hayamos solicitado los mismos (ese es otro asunto que por sí mismo merecería un post si no fuera porque blogueros expertos en la materia han hablado mucho y muy bien sobre esta materia). Para refrendar mi opinión me he dedicado a recoger las cifras básicas globales del sistema bancario español en cuanto a costes de explotación y costes de personal. La mayoría de esas comisiones están "justificadas" en la atención personal de los trabajadores bancarios, y en la utilización de complejos sistemas informáticos para la gestión de nuestros patrimonios y de nuestros préstamos y créditos. Es razonable sin lugar a dudas la composición de esa partida de gastos de producción. Pues bien, ahora veamos en el siguiente gráfico un significativo ratio obtenido al dividir los ingresos obtenidos de comisiones percibidas frente a los gastos de explotación más gastos de personal.



De no verlo no creerlo, como Santo Tomás...Se ha multiplicado por dos el beneficio obtenido en el conjunto de las operaciones bancarias que están sometidas a una comisión por la labor realizada. La productividad conseguida con las fuertes inversiones en tecnología (informatización completa , centralización de operaciones, oficinas virtuales...) se la han quedado completamente. En lugar de bajar los precios de las comisiones, las han subido. De nuevo el mundo al revés, aunque menos al revés de lo que pueda parecer al principio si tenemos en cuenta el enorme poder fáctico que tienen los bancos en España, y la escasa capacidad del Banco de España para regularlo. Ningún partido político ha tenido arrestos para coger el toro por los cuernos. Todo ha quedado en pequeñas apariciones en el mercado bancario de ING Direct (ahora entiendo por qué no cobran comisiones) y de algún que otro banco grande que tiene oficina virtual y que tampoco cobra. Doy fe que es así. A fecha de hoy no pago comisiones por transferencias bancarias. Si el lector o lectora está pagando por ellas, que me envíe un correo y le informaré "gratuitamente" de quiénes son y cómo lo tiene que hacer.

Es más, si analizamos los costes laborales en el sistema bancario español comprobaremos que el ritmo de ajuste (aniquilación) de puestos de trabajo en ese sector es gigantesco.

Elaboración propia a partir de datos obtenidos en la web del Banco de España
No es un secreto para los propios trabajadores bancarios. Las jubilaciones anticipadas están a la orden del día. Viendo el gráfico comprenderemos que hubo tiempos mejores en los que los salarios crecieron considerablemente al calor de los Pactos de la Moncloa, con las centrales sindicales mayoritarias bien asentadas en este sector. Poco queda ya de aquello. Los años 90 los laminaron progresivamente, inexorablemente. Ya no queda nada de aquello.

Queda un 25% de los ingresos bancarios sin aflorar. Bueno, en los  balances, con dificultad para semi-ilustrados como este bloguero, se puede hacer una resta y concluir que los negocios financieros son la otra pata que falta a la silla. De nuevo aportaré mi opinión no contrastable con gráficos y datos. Me parece que la banca española ha está dedicando demasiados esfuerzos a la especulación financiera, como el resto de la banca internacional, con la que tiene que competir por culpa la ola neoliberal que todo lo ha inundado.

Viene a cuento recordar algunas palabras del informe del BBVA de 2008. En su apartado final de conclusiones, recogía un párrafo del informe de estabilidad financiera de noviembre de 2007 del Banco de España que reproduzco "... las entidades de depósito españolas afrontan las turbulencias del sector financiero desde una posición de solidez". A lo que añadían sus autores un "No obstante, el actual clima de incertidumbre que afecta a los mercados financieros, la quiebra de alguno de los bancos de inversión en Estados Unidos, la capitalización pública de bancos en diversos países, las intervenciones masivas y coordinadas de los Bancos Centrales, la ralentización en el ritmo de crecimiento económico y la desaceleración del mercado inmobiliario, justifican la conveniencia de no sobrevalorar la solidez de la banca española, dada la amenaza que supone este entorno sobre el negocio bancario". ¿Clarividencia? No, para nada, simplemente mucho conocimiento del mundo financiero internacional y de la gestión de escenarios, algo que falta a nuestro Gobierno Rajoy  y por extensión al Gobierno Merkel y a la Comisión Europea.

Llega la hora de las propuestas. Seré muy breve ya que la fundamentación de las mismas ha sido expuesta con datos y cifras en los párrafos anteriores.

  1. Creación de la Caja Popular de España. Todos los españoles tenemos derecho y obligación de tener al menos una cuenta abierta en esa Caja. No tendrá gastos ni comisiones de ningún tipo por los servicios bancarios mínimos a los que todos los españoles tendremos derecho constitucional. Si hemos sido capaces de incluir en la Constitución la norma de techo máximo de gasto, no creo que los dos grandes partidos del Estado sean incapaces de promover una reforma constitucional tan sencilla por la vía más rápida (ya ensayada hace unos meses).
  2. Rechazo al rescate bancario. Los bancos y cajas con enfermedades "terminales" serán cerrados por el procedimiento concursal con una nota acelerada para evitar problemas a los trabajadores bancarios, transfiriéndoles directamente a la plantilla de la Caja Popular de España.
  3. Del procedimiento concursal (mediante una nueva Ley aprobada por el Parlamento Español) se excluirán los inmuebles (piso, fincas, etc) que pasarán al Patrimonio del Estado, para crear un Instituto Nacional Inmobiliario dedicado a alquilarlos con precio reducido en función de la renta y patrimonio de quienes hayan sido desahuciados. La expropiación de esa ingente masa de inmuebles será abonada a los deudores de los bancos a precios rebajados con una quita a estimar de acuerdo con precios anteriores al boom inmobiliario. Es decir, cerrando la herida y cortando la hemorragia de una vez por todas, creando un suelo a los precios inmobiliarios.
  4. Creación de gravámenes especiales en el Impuesto de Sociedades aplicable a los ingresos procedentes de comisiones percibidas por los bancos. Ya que no rebajan los precios de las comisiones, apropiándose de toda la plusvalía generada con las reducciones de empleados de banca y de mejoras organizativas e informática, vía impuestos de sociedades, revertiremos una buena parte transformado en ingresos públicos para el Estado, con el que financiar todo este proceso de reconversión de la banca española.
  5. Prohibir por Ley (nueva Ley a aprobar en el Parlamento) a la banca de depósitos que baje su ratio margen de intereses respecto al margen bruto por debajo del 70%, o de lo contrario deberá transformarse en un banco de finanzas, que no podría tener depósitos de ciudadanos corrientes. En resumen, separar la banca tradicional minorista de la banca especulativa. Por supuesto, prohibiendo participaciones  mayoritarias de una en la otra. Hay que poner remedio preventivo  a futuros casos de apropiación de fondos a plazo fijo que se transforman por arte de birlibirloque en acciones preferentes con pérdidas para el depositante.
En resumen, banca pública, derechos bancarios mínimos y fin a la especulación y a los abusos bancarios tanto nacionales como internacionales. Déjemos hundir a los malos bancos y que se queden con su dinero la Comisión, el Eurogrupo y los bancos alemanes.