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sábado, 31 de diciembre de 2016

Guía de desenmascaramiento del populismo

Ha pasado más de un año desde mi última publicación en este blog. Las circunstancias sobre todo laborales que me ha tocado vivir han hecho imposible mantener mi lento ritmo mensual de escritura. Demasiados frentes abiertos en el trabajo han sometido a mi mente a un estrés inasumible, que absorbía cada minuto libre que me quedaba. Imposible por tanto seguir a los acontecimientos sociales, políticos y administrativos en los que estamos sumergidos, casi ahogándonos desde hace muchos, muchos meses.

No se trata de una excusa, aunque lo parezca. Después de algún post en el que abordé el tema de la motivación del funcionario público con mayor o menor amargura, nadie que siga este blog podrá extrañarse de que haya renunciado a escribir aquí a cambio de reorganizar funciones y tareas, desarrollar pequeños prototipos informáticos y actuar de "e-facilitador" en un mundo de funcionarios públicos que se enfrentan a la mayor crisis organizativa desde la caída del Imperio Romano. Parece exagerado lo que expreso, y aún así, creo que me quedo corto como más adelante (y no fijo ninguna fecha concreta) desarrollaré. En cualquier caso, como creo que los valores individuales deben prevalecer sobre cualquier egoísmo personal o cualquier regla auto-impuesta, era el momento de acallar mi interior, limpiar bien la válvula de escape de una olla llena de neuronas hiperactivas y desasosegadas y esperar a un mejor momento.

Finalmente, el momento ha llegado, y con el fin de 2016 veo la luz al final de mi pequeño túnel llamado Calvario Público. Varias carpetas de pendientes han quedado vacías, otro bloque de asuntos han quedado felizmente encarrilados, y ya puedo levantar la mirada hacia un horizonte laboral en el que se abren numerosas posibilidades completamente apasionantes.

Dicho esto, debo insistir en que lo he conseguido a pesar de casi todo, y especialmente de casi todos y todas nuestras dirigentes. Y aquí enlazo con lo que más me preocupa desde hace muchos meses y  que ya comienzan a ser años: nuestros y nuestras dirigentes, nuestras élites...El posesivo está de más, no me gusta, según lo leo una vez escrito reniego de él, pero tengo que mantener la frescura e inmediatez de este texto. Es mejor reflexionar sobre ello que simplemente borrarlo, dejando al lector la tarea de advertirlo o no. Demasiado riesgo. Prefiero explicarles mi cambio de "nuestras" élites, por el de "las élites que nos gobiernan". Aquí "nos" aparece como destinatario de la acción verbal gobernar. Permítanme que dude e incluso ponga en solfa que ahora mismo exista gobierno del común, de los asuntos que nos preocupan a todos los "desgobernados".

Ya sé que parece una exageración, y que incluso alguien que me conozca puede pensar que estoy intentando llamar la atención, pero lo cierto es que día a día me voy convenciendo del negro futuro que espera al Planeta en su conjunto a medida que las estupideces colectivas se van imponiendo y extendiendo lentamente, tanto en los super desarrollados países del primer mundo como del resto. No se salva nadie: ha llegado la hora de los malgobernantes, egoístas, malencarados, mentirosos, corruptos...a la vez que quienes no se encuentran en ese colectivo van siendo derribados poco a poco e inexorablemente del poder, arrastrados por un vendaval de votos de ciudadanos que buscan la solución definitiva, y sobre todo fácil a sus problemas.

Y los derribados se miran extrañados unos a otros preguntándose qué han hecho tan mal para que la ciudadanía les de la espalda y vaya detrás de semejantes sinvergüenzas, detrás de personas que lanzan soflamas populistas baratas que hacen sonrojar a cualquier persona medianamente cultivada. Creo que deberían fijarse más en la definición de populismo antes de criticarla y despreciarla sin más. Define populismo el DRAE como "Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares", así, sin más aditamentos, sin que podamos deducir de la definición que es algo malo, ni bueno tampoco. A su lado, por cercanía he encontrado la palabra popularismo, que además de tener como primera acepción la propia expresión populismo, tiene una segunda acepción "Tendencia o afición a lo popular en formas de vida, arte, literatura, etc". Esto nos lleva a buscar la definición de popular donde aparece en su tercera acepción como "Perteneciente o relativo a la parte menos favorecida del pueblo", de tinte claramente sociopolítico, en la cuarta acepción "Que está al alcance de la gente con menos recursos económicos o con menos desarrollo cultural", que adjetivaría como económico-social, y una quinta acepción "Que es estimado o, al menos, conocido por el público en general" que encaja en lo que llamamos vida social de los ciudadanos. Con semejantes definiciones, no es de extrañar que la manipulación política de esa expresión sea tan fácil y burda por parte de gente tan zafia y tan poco preparada.

En resumen, que vivimos una época de desertización, de vaciamiento de élites preparadas y dispuestas a ejercer un liderazgo difícil y costoso en lo personal, y por tanto incluso altruista. No ha habido reemplazo en la última década y lo que vemos venir (o que ya ha llegado) es un auténtico desastre sin paliativos. No se salva casi nadie. Puesto que en la mayoría de los casos han llegado de la mano de las clases populares desheredadas, confusas, desgraciadas, arrinconadas, venidas a menos, hemos de sospechar que tenemos por delante un ciclo de desgaste "popular"  que debemos sufrir antes de resurgir depurados de este marasmo económico, social, político y cultural al que hemos acudido encantados y por supuesto engañados como en los viejos cuentos de marineros y sirenas. Porque mientras sigamos oyendo a nuestros hijos universitarios que sin un iphone de 1000 euros "no puedo vivir", deberemos sospechar que aún no hemos tocado fondo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Empresarios en España, cerrando el anillo de poder (5ª entrega)

Con esta quinta y última entrega sobre las élites de poder en España se termina esta pentalogía iniciada ya hace unos cuantos meses. Como pueden ver, no he sido capaz de sostener un ritmo de escritura adecuado y  no me extrañaría que se hayan perdido entre tanto párrafo inconexo. Pero esto es un blog, un diario muy personal de un inoportuno, funcionario aguerrido por las mañanas y ciudadano preocupado y consciente por las tardes-noches, y es que el tiempo no da para más.

En cualquier caso, y pese al pequeño batiburrillo que he generado, en algunas de las entradas a este blog de esta serie ya dejé sentada mi hipótesis acerca de la composición de esas élites gobernantes en España: políticos profesionales, grandes empresarios y los representantes de medios de comunicación más entregados (tertulianos adictos, dirigentes de esos medios...). De los primeros y de los terceros ya quedó expuesta mi opinión. Ahora toca hablar de los empresarios, grandes y medianos, altos dirigentes, grandes accionistas, consejeros delegados, y algo menos, prácticamente nada hablaré del pequeño empresario y del autónomo.

Y tengo que empezar por lo que más me molestó, molesta y molestará de ellos: su permanente animadversión a lo público, a la empresa pública, a la cooperativa popular, a las iniciativas sociales que buscan otros modelos de crecimiento, otra forma de rendir cuentas ante la sociedad, ante la ciudadanía en su conjunto. Y dentro de esa inquina constante, el funcionariado se presenta como el gran enemigo a batir, a reducirle a la nada, a masacrarle sin piedad. Esto que comento aquí, es un hecho probado, que tiene su reflejo en numerosas declaraciones de la gran patronal española, la CEOE, y muy especialmente desde la llegada del actual su presidente Juan Rosell, sobre la incompetencia y dispendio que supone para el país el conjunto de personas que trabajamos en las distintas Administraciones Públicas.

Aún resuena en mi memoria la entrevista que le hizo Jordi Evole en el programa Salvados. El resumen de aquella media hora no puede tener otra palabra para describirlo que la de decepcionante. Recuerdo la risotada que me salió del alma al escucharle y verle la cara de circunstancias al decirle al entrevistador que con los funcionarios de este país no se puede, que siempre están en contra de todo, intentando bloquear cualquier mejora, planes de actuación o lo que se tercie. Y para corroborar su tesis no tuvo otra idea que decirnos a todos los que le escúchabamos que un exministro, recién abandonado su puesto, se excusaba delante de él diciendo que no había podido hacer nada por culpa de la estructura interna de poder dentro de su Ministerio. Había fracasado por culpa de los funcionarios, mardito' roedore'  que diría el genial doblaje de los dibujos animados donde el gato Jinks y sus continuos fracasos en labores de caza eran el núcleo de cada guión. Pobre gato Jinks, pobre exministro, pobres todos los ministros, pobres...los funcionarios les hacemos la vida imposible, bloqueando continuamente sus iniciativas. Al menos eso es lo que dicen, y cuando lo afirman en público deberían probarlo, asunto harto difícil si la acusación es falsa.

Tiene que haber una inquina secular y un objetivo inconfesable de gran calado como para utilizar en un programa de máxima audiencia como es Salvados semejante argumento. Si el señor Rosell hubiera pensado en clave privada, sin prejuicios sobre los funcionarios, hubiera podido responderle al exministro de la cita, que era un completo inútil, flojo, falto de ideas y de iniciativa, y que si hubiera sido un subordinado de alguna de sus empresas le hubiera despedido inmediatamente si se hubiera excusado de la misma manera.

Pero no fue así, se lo creyó porque la cara del señor Rosell era todo un poema mientras lo decía, completamente convencido de que tales funcionarios son siervos del demonio, egoístas incompetentes, perseguidores de su propio beneficio, que no es otro que el de vivir plácidamente ajenos a los problemas de la sociedad que les da de comer.

Ahora bien, después de la risotada que me salió del alma al escuchar aquella majadería, eso sí, recitada con gran convencimiento, me vino a la mente la gran pregunta: ¿por qué nos odian tanto los empresarios? ¿Por qué tanta inquina, tanto deseo de hacernos desaparecer del entramado socio-económico del país? Bien, era motivo de reflexión, y aproveché la dichosa entrevista para dar cuerpo a la quinta y última entrega de esa serie de entradas del blog que hablan del poder, de las elites que lo ostentan; en este caso, de los empresarios.

Empezaré contestando a esa pregunta exponiendo mi tesis personal. Nos odian tanto porque suponemos una amenaza, una alternativa a esas elites que nos malgobiernan. Constituimos una formidable maquinaria de actuación, ahora casi inactiva, eso sí, pero que puede ponerse en marcha en cualquier momento en cuanto la ciudadanía eleve hasta el Gobierno a personas que algunos llaman tecnócratas, en sentido peyorativo, pero que no es otra cosa que ciudadanos que saben lo que hay que hacer, y que no necesitan echar a nadie a la calle, que saben que cuentan con personas muy preparadas, conocedoras y respetuosas de las leyes y capaces de hacer funcionar al sector público como si de una maquinaria bien engrasada se tratara, del mejor motor diesel que se puedan imaginar, que cuentan con el mejor personal funcionario de ministerios, cabildos, diputaciones, ayuntamientos para trabajar por la nación.

Nos odian, porque el sistema de selección del personal funcionario es mucho más exigente, justo, equitativo que cualquier otro que se haya inventado, y hace que miles de personas ilusionadas por trabajar en la cosa pública opten todos los años por dejar el sector privado, drenando sus bases de reclutamiento de los mejores.

Nos odian porque nunca serán tan igualitarios como es la Administración Pública en materias de género y de clasificación profesional, con una diferenciación salarial entre el peor pagado y mejor pagado que tendría que causarles sonrojo. A buenas horas nos vienen con pautas y comportamiento ético desde la CEOE.

Nos odian y es algo compartido con muchos políticos que nos gobiernan, porque no estamos en venta, porque mantenemos una independencia social y política que es la base de la neutralidad administrativa. No lo entienden y no lo quieren entender. No pueden comprarnos.

Nos odian porque las empresas públicas creen que tienen que servir a los ciudadanos como primera norma, quedando el beneficio económico en otro orden de preferencia, lo que hace que ellos sólo vean una buena cantera de beneficios desperdiciados inútilmente, que deben ser privatizados y repartidos entre ellos cuanto antes.

Y  mientras tanto, se nos presentan como adalides del mejor comportamiento social y político posible, animando "ahora" a que ellos mismos se denuncien ante la CEOE cuando su imagen pueda quedar manchada. Realmente ya no tienen en el mercado ningún quitamanchas efectivo dada la negrura de sus almas corruptas, obsesionadas con el lucro personal a cualquier precio y de cualquier modo. Expongo a continuación algunos ejemplos de ese atroz comportamiento:

1. La puerta giratoria. Hoy soy político, mañana soy empresario, pasado mañana seré de nuevo político y así en un baile de engaños, donde el concepto de incompatibilidad ha dejado de tener el más mínimo interés para ellos.  La cuestión es conseguir violentar la maquinaria administrativa que vela por el interés público. Los funcionarios son un estorbo para...

2. Los contratos públicos sucios, amañados, conseguidos con malas artes, utilizando todo tipo de influencias. El caso Gürtel no es más que uno de los grandes, pero continuamente vemos en los medios, empresarios mencionados en escándalos que dieron el paso de ir por la puerta de atrás del despacho del político o del partido en el poder para violentar otro gran principio democrático "la libre competencia"...

3. Las subvenciones. Continuamente hablan mal de la Administración Pública y de sus funcionarios, pero no paran de visitarles para pedirles ayudas y subvenciones. Se ha desvirtuado completamente la labor de promoción pública de las Administraciones, sea el nivel que sea.  Ya ha dejado de tener sentido, mientras que otros grandes bloques de poder siguen campando a sus anchas, sin que los ciudadanos podamos hacer nada. Estoy hablando de:

4. Los mercados cautivos. Aquí tengo para hablar muchísimo, pero me limitaré a hacerles llegar mi más completa decepción acerca de las grandes privatizaciones de empresas públicas "rentables" durante los últimos 20 años. ¿En qué nos ha beneficiado por ejemplo  la privatización de Telefónica o de Argentaria?Ahora carecemos de una empresa pública que pueda luchar contra la concentración de empresas en esos sectores. Nos dicen ellos, los mismos que nos malgobiernan, que es bueno tener fuertes empresas para competir. La realidad ha demostrado que es una gran mentira. Ahora nos imponen los precios que quieren y sólo las pequeñas que entran en el mercado son capaces de hacer creíble el concepto de libre competencia. Si esto es así, ¿por qué se permitió esa concentración empresarial? ¿Por qué se vendieron los grandes paquetes de acciones a unos pocos sin publicidad, a escondidas?

Y ya me extenderé más en este último punto, ya que en el último número de la revista ICE del propio Ministerio de Economía nos  habla de la nula competencia en el mercado de carburantes en España. Entre tres empresas se lo guisan y nos lo preparan para que tengamos que comérnoslo, esté rico o esté apestosamente malo, como es casi siempre. Obtienen en cada litro de carburante mucho más beneficio que el que obtienen las empresas alemanas de su mismo sector, precisamente porque no tienen competencia.

Y mientras tanto el Gobierno, la otra parte del círculo de poder, sin mover un sólo músculo para poner en marcha iniciativas que fomenten esa competitividad, por ejemplo, fomentando el coche eléctrico, el transporte ferroviario (masivamente electrificado) o simplemente subvencionando la apertura de más gasolineras por parte de autónomos y pequeñas empresas, construyendo nuevos depósitos en puertos españoles, de utilización pública (bajo peaje, por supuesto) que sean alternativa real a los depósitos de combustibles de las tres grandes empresas del sector de España. En definitiva ayudando a generar ese mercado competitivo.

Ah, ya sé por qué el Gobierno de España no ha hecho nada de lo que propongo...seguramente porque en los ministerios hay funcionarios que bloquearán cualquier iniciativa de este tipo. Al menos eso le contará de Guindos, Montoro y Soria al siguiente jefe de la CEOE. Y para su vergüenza se lo creerá y se lo contará al sucesor de Evole...


sábado, 2 de febrero de 2013

Políticos: elites autónomas (II)

El escándalo político y social está servido en España. El caso Gürtel de financiación ilegal del Partido Popular se ha salido de madre, como un enorme tsunami ha invadido hasta el último rincón de España. Podría decir que se veía venir, algo que se ha insertado en el subconsciente de todos los que estamos más o menos cerca de los políticos hasta hacerse parte del pensamiento colectivo, de todos los que lo piensan pero no lo dicen, de todos los que hablan de ello pero con precauciones, y de los que ya lo decimos abiertamente pero sin esperanzas de que sirva para algo, de que alcance el corazón y el intelecto de los ciudadanos y se convierta en un revulsivo social. Realmente he de confesar que siempre veo a las misma personas críticas, incluyéndome también por supuesto, denunciando una y otra vez una forma de llevar los asuntos públicos que está muy lejos de ser virtuosa. Pero ahí se suele acabar el activismo social. El resto calla, y como se dice en España, con ese silencio otorga complacencia.

En mi última entrada de este blog, hace ya un par de semanas, empecé a tocar precisamente este tema y por tanto, he decidido seguir profundizando en él, pero con un matiz. Ya no incluyo ninguna pregunta, creo que he conseguido demostrar que no son "nuestros" políticos, que realmente se han constituido en elites que nos gobiernan a nuestro pesar, tanto de los que nos oponemos abiertamente como de los que no quieren esforzarse en intentar cambiar las cosas. Ahora ha llegado el momento de seguir profundizando en la maquinaria burocrática interna de esos partidos que alimenta esa autonomía.

Precisamente relacionada con ella, con la autonomía, aparece el concepto de interdependencia que descubrí en una obra de un psicólogo, dirigida fundamentalmente a la autoayuda, dentro de todo ese conjunto de libros que necesitamos leer cuando nos encontramos en horas bajas, cuando nuestro autoestima está por los suelos. Siempre me ha gustado pensar que no sólo se aplica a las pequeñas redes sociales, sino incluso a las más grandes, del tipo de entidades político-territoriales, llámense comunidades autónomas, países, estados, continentes...Pero el hecho de ser consciente de que somos parte de un conjunto más grande, de que nuestras acciones afectan de un modo u otro al que tenemos al lado, sea cual sea la escala política social o económica que estemos considerando, de que nos necesitamos constantemente, del hecho de que nadie está por encima, de que puede imponer su voluntad sin acarrear una consecuencias insospechadas, todo este razonamiento en definitiva conduce a una forma de ser, sentir y vivir completamente diferente a la que estamos acostumbrados a percibir en la mayoría de nuestros políticos.

Es evidente que cuando un grupo de interés político (ya no me atrevo a llamarle ni siquiera partido político) se constituye, consciente o inconscientemente, en un ente autónomo, su sintonía, su acercamiento al común sentir de la ciudadanía con la que se debería relacionar queda absolutamente rota, limitada únicamente a los escasísimos momentos "de la verdad" en periodos de campañas electorales. Y ni siquiera ya puede decirse que sirvan de algo en España. La realidad mediática nos muestra una y otra vez auditorios, cines y teatros, incluso plazas de toros y palacios de congresos, abarrotados de "simpatizantes" agitando banderas y asintiendo a gritos a los incendiarios discursos de los líderes de sus partidos, perfectamente sincronizados con los momentos en los que las cadenas de televisión conectan en directo para "relatar" los diversos acontecimientos de ese día de campaña en tal o cual lugar de la geografía española. Estas elites políticas han conseguido adulterar definitivamente los procesos electorales, dejándolos sin valor alguno, eliminando cualquier posibilidad de debatir en profundidad los asuntos que realmente demanda la ciudadanía: trabajo para todos, eficiencia administrativa, excelencia en la prestación de los servicios públicos, tranquilidad social, progreso y desarrollo económico equilibrado, sin grandes desigualdades sociales.

Ya lo he comentado en otra entrada de este blog, la enorme decepción recogida en el último gran debate entre los líderes del PP Mariano Rajoy, actual Presidente del gobierno de España y del PSOE Alfredo Rubalcaba, en noviembre de 2011. El primero consiguió salir del debate televisado sin hacer ni una sola precisión acerca de su programa electoral. Fue una auténtica burla, un gran desprecio hacia el electorado. Se sentía en una posición ganadora, totalmente independiente de la voluntad general de los españoles, decepcionados con la última etapa del gobierno socialista de Zapatero. Abusó por tanto, demostrando con hechos, lo que sienten en los grandes aparatos burocráticos de la mayoría de los partidos tradicionales.

Pero todo esto tiene un coste, un gran coste económico. Las grandes burocracias de los partidos, su necesidad de controlar absolutamente todos los resortes del poder tiene un gran coste, que no quieren hacer visible a la ciudadanía. Pocas personas se preguntan por el coste de mantener esas grandes estructuras, o cuánto les cuesta participar en las elecciones. Principalmente porque desconocen la enorme tela de araña que ellos han construido para mantenerse en el poder, sea cual sea la opinión mayoritaria de la ciudadanía, e incluso también porque esos ciudadanos están convencidos de que los procesos electorales no sirven ya para casi nada.

Ahora bien, si observamos desde esta clave, es decir, desde la búsqueda de la absoluta autonomía económica de los partidos políticos, comprenderemos fácilmente todo el nuevo ideario pseudo ultraliberal  que se encuentra en la base de "reformas" económicas, sociales y políticas que está impulsando el Partido Popular o cualquier otro partido nacionalista que tenga a su alcance el gobierno de su respectivo territorio, como reciéntemente hemos visto con CiU en Cataluña. Este oscuro ideario tiene una relación directa con:

  • la realización de grandes obras públicas o de grandes proyectos "sociales" y promociones urbanísticas de muy dudoso sostenimiento financiero posterior a su apertura.
  • la externalización/privatización de servicios públicos.
  • la permanente conexión entre cúpulas directivas del entramado financiero, industrial y comercial por una parte y los altos cargos políticos que entran y salen de la dirección de las principales ministerios, consejerías y concejalías con una facilidad pasmosa, una vez realizada su labor inconfesable.

Si entramos a analizar el primer punto, vemos que los intentos continuos de definir y controlar la contratación pública se vienen abajo cuando el objeto de cualquier contrato, aquello que se quiere contratar, está fuera absolutamente de lo que dictan esas leyes. Difícilmente se puede decir que un gobierno, y el partido político que lo sustenta, actúa con buen criterio, pensando en la ciudadanía, cuando no tiene en cuenta todo el proceso de definición de necesidades ciudadanas, tanto a corto como a medio y largo plazo, los grupos de interés afectados, los costes finales de mantenimiento de esas infraestructuras, si habrá un precio público por su utilización o no, y si lo hay cuál debiera ser. Tenemos por desgracia demasiados ejemplos de gigantescas infraestructuras viarias "de peaje" por las que no circula prácticamente ningún vehículo y cuyo coste de mantenimiento no es cubierto con los peajes. ¿Por qué se iniciaron esas obras?¿Qué interés oculto hay detrás de esas iniciativas políticas y de grandes grupos inversores privados? ¿Por qué se hurtó a la ciudadanía un gran debate social sobre su necesidad, alternativas posibles, costes directos e indirectos?

Por tanto, de poco sirve detallar con pelos y señales el procedimiento de contratación si no se amplía a la determinación de qué debe contratarse, y posteriormente, cerrando el ciclo de mejora continua, evaluando la calidad del producto, proyecto, obra faraónica, etc que se ha entregado, a qué costes de mantenimiento y con qué beneficios sociales inmediatos y futuros. ¿Sabe alguien de algún partido político, de algún gobierno es España que haya evaluado con criterios objetivos previamente establecidos y aceptados, a los contratistas y al producto de esos contratos públicos? Es más, ¿ hay alguna forma de añadir a los famosos perfiles de contratistas, una nota, una calificación de cada trabajo realizado por parte de las administraciones contratistas, o algo... quiero decir, como obligación legal en una hipotética Ley Definitiva de Contratación Pública en la que quien contrata, valora conciezudamente como parte de su trabajo por ser responsable de fondos públicos? Es que ya empiezo a estar harto de estudiar y reestudiar nuevas leyes de contratación, remiendos, textos refundidos, etc que no acaban de dar una visión global del problema.

Porque por este lado se nos escapan fácilmente los partidos políticos cuando gobiernan para conseguir esa autonomía financiera (cuando están en la oposición tienen muchas menos facilidades), ya que da igual que el contratista sea un chapucero, un liante y que tengas asegurado un "coste sobrevenido" que llevará por la calle de la amargura a cualquier solícito funcionario adscrito a las unidades administrativas responsables de la contratación pública, sea la que sea, esté donde esté. En mi opinión, no interesa hacer ese examen final a los contratistas. No interesa a los partidos políticos porque los buenos empresarios, los que traen buen producto y servicio, alcanzarían buenas calificaciones y tendrían grandes posibilidades de obtener contratos públicos por sus propios méritos y se independizarían completamente de quienes en los partidos políticos mueven esos hilos. Sí que interesaría a los funcionarios, a los que simplificaría enormemente su gestión, abaratando sus costes, porque en muchísimos casos, su defensa contra bajas temerarias y malintencionadas, o las "dirigidas desde arriba", se convierte en un labor casi imposible, agotadora y causante de muchísimos desazones y en más de una ocasión, en fuente de problemas para la carrera administrativa de quien defiende lo público a ultranza, como si fuera propio, lo que en definitiva es.

Y ahora avanzaremos hacia el segundo gran pilar, el de las privatizaciones, que está íntimamente ligado al anterior: la constitución de grandes contratos públicos, en este caso donde no había tales negocios ni necesidades. El resultado final es el mismo, procesos de contratación pública de servicios privatizados, con escasísimo interés por parte de los partidos gobernantes en conocer los costes reales de esos servicios tal y como actualmente están siendo prestados por funcionarios públicos. Hace poco leí en la revista Auditoría Pública un artículo en el que los autores analizaban los costes de prestación de servicios sanitarios en los hospitales públicos de Navarra y a qué precio eran cobrados cuando se desviaban a hospitales privados. La realidad, no por ser esperada, es demoledora: no hubo análisis de costes previo y para mi sorpresa, no había precio único de derivación a los hospitales privados. Cada uno de ellos cobraba diferente por el mismo servicio médico. Bochornoso del todo punto. Imaginemos qué puede ocurrir cuando ni siquiera habrá posibilidad de comparar los costes de hospitales privados con los públicos, por la simple razón de que a estos últimos los cerrarán. De nuevo, los partidos políticos desean ocultarlo a la ciudadanía, alejarlo del debate ciudadano. Cuando menos sepamos mejor.

Pero es que realmente el interés que puede haber en privatizar grandes bolsas de servicios públicos intensivos en mano de obra, sólo conduce a sospechar que, o bien el coste final de la privatización será como mínimo incrementado en el beneficio empresarial lógico que se querrá llevar a su cuenta corriente quien haya ganado el contrato, manteniendo los salarios y las inversiones que la Administración Pública realizaba, o bien, el precio se mantiene o baja, a costa de muchísimo menor salario de quien presta ese servicio y de menores inversiones en el negocio. En este último caso, desde un punto de vista agregado, la sociedad sale perdiendo, tanto por falta de garantía de renovación de inversiones necesarias, como por más bajos perfiles profesionales en cuanto a conocimientos (los mejores siempre querrán cobrar más, si es que los salarios de partida han bajado mucho, quedándose los peores para  trabajar en contratos con la Administración). Y todo esto que acabo de exponer puede ya contrastarse con pruebas evidentes en países de nuestro entorno que se adelantaron en esta loca carrera a ninguna parte, como por ejemplo en Gran Bretaña: ferrocarriles y sistema sanitario).

No nos engañemos, y sobre todo no nos dejemos engañar. Las privatizaciones son un auténtico tongo, un cuento chino, un engaña niños, porque eso somos la mayoría de los ciudadanos españoles, niños que no han madurado políticamente lo suficiente como para exigir mucho más de los partidos políticos que nos gobiernan. Pero eso es parte de la tercera entrega de esta serie. Volvamos por tanto al núcleo del problema: el interés político por crear grandes volúmenes de contratación pública, es decir, de privatizar servicios públicos. Hace unos meses en otra entrada les presenté unas cuentas claras, difícilmente discutibles, sobre los enormes ahorros que supondría para una administración pública que conozco muy de cerca, la refuncionarización de los servicios internos de limpieza y de vigilancia, altamente intensivos en mano de obra, y casi nulos en inversión. Puedo asegurar un ahorro de un 40% sin pérdida de calidad de servicio.

¿Qué es lo que condujo a esa privatización como fue el caso de las limpiadoras o a que no se llegara a plantear la incorporación de vigilantes/celadores a la plantilla de esa Administración que no citaré, o precisamente y mucho más actual, el caso de la Sanidad de Madrid? Es difícil saberlo con seguridad y mucho menos probarlo, pero sí que puede asegurar que la idea de que es muy difícil controlar el trabajo realizado por los funcionario/as, personal rebelde y contestatario, huidizo casi siempre, sirvió de excusa a la mayoría interesada de quienes tomaron la decisión. Es un rumor de continuo descrédito a la función pública, que interesadamente es propalada por los partidos políticos y por la prensa adicta y controlada, que acaba siempre en el mismo discurso y solución final: eliminación de la prestación pública por funcionarios y privatización del servicio.

Jamás se ha hecho ningún esfuerzo por la clase política en intentar dar una solución definitiva y plenamente desarrollada al Estatuto del Empleado Público. Mucho menos a la parte del mismo que desarrolla la dirección profesional pública. Faltaría más, con eso los partidos políticos pierden el control de la maquinaria administrativa, que a nuestro pesar, sigue muy alejada de los niveles de eficiencia y efectividad deseables, principalmente por este motivo, la necesidad de los partidos de "intervenir decisoria y personalmente" en la mayoría de las actuaciones puramente administrativas que deben quedar en manos de funcionarios públicos independientes, entre otras, en la determinación de la mejor oferta de cualquier contrato, así como de la valoración de los resultados/productos entregados y de los servicios prestados.

La inacción de nuestra clase política actual en materia de Función Pública en el mejor de los casos, o incluso de beligerancia "populista" contra el funcionariado, sea cual sea la Administración Pública de la que forme parte, es clamorosa y malintencionada. Su objetivo inconfesable pasa por desprestigiar a quienes tienen la responsabilidad de defender lo público, lo que es de todos, evitando enriquecimientos ilícitos de contratistas insensibles, y sin pretenderlo, impidiendo la financiación ilegal de los partidos políticos. La farsa queda al descubierto finalmente.

El último pilar, la conexión entre el mundo de los políticos y de las grandes contratistas no necesita de mucha extensión para poder ser demostrado. Los escándalos recientemente conocidos tras su publicación en los medios de comunicación apoyan esta relación estrecha e interesada. De nuevo, decisiones que debieran haber quedado en manos de funcionarios cualificados que se atienen a un estricto procedimiento evaluador de ofertas y de adecuada capacidad y solvencia técnica y económica de los licitadores, se ve perturbada, por las interferencias de los partidos políticos, a través de sus representantes al frente de los órganos de las Administraciones Públicas. Porque...¿qué tenía que ocultar el anterior consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid? Si el proceso de adjudicación fue claro, diáfano, transparente, sin ninguna intervención salvo la firma del contrato a propuesta de la Mesa de contratación correspondiente, ¿por qué dimite y se marcha de esa empresa? ¿Tan difícil es de explicar lo que estoy ahora describiendo?¿Por qué no ha mencionado ni ha citado a ninguno de los funcionario/as que intervinieron en ese procedimiento de contratación?

En definitiva, si los procedimientos de contratación estuvieran completamente a salvo de interferencias políticas, si por otra parte, los propios objetos de contratación fueran analizados acerca de su necesidad y del beneficio social alcanzado, y si los contratos ejecutados fueran evaluados concienzudamente  por los propios usuarios ciudadanos, además de por personal funcionario independiente, para permitir conocer con absoluta transparencia, qué contratistas son de fiar, buenos y baratos...si todo eso se llevara a cabo, no habría la menor necesidad de regular, es decir, impedir para muchos años, el paso del sector privado al público y viceversa. La gran mayoría de las veces no haría falta ningún "fichaje de la privada" si nuestros políticos hubieran apostado por el desarrollo completo de la dirección pública profesional. Pero como ya he comentado antes, en ese caso, su autonomía, la de los partidos políticos en el poder, se resentiría enormemente, aunque casi seguro que ganaríamos todos en transparencia y en calidad del debate democrático, hoy tan ausente de las calles de España.






sábado, 12 de enero de 2013

Políticos: ¿nuestros o élites autónomas?

Tras la pausa de las vacaciones navideñas, volvemos a retomar la actualización de este blog con mis opiniones sobre la realidad social de España, y la verdad es que no me está costando nada ponerme a ello, dada la catarata de noticias políticas y económicas de todo pelo que pueblas los medios de comunicación. De tantos motivos para escribir y opinar y proponer alternativas, no encuentro el modo de centrarme en uno de ellos. Tal vez, el que más me esté "motivando" sea el escándalo del acuerdo extrajudicial entre los encausados del caso Pallerol, pertenecientes al partido Unió Democrática de Cataluña y la Fiscalía. Hacía ya mucho, mucho tiempo que no observaba una indignación tan manifiesta en la voz de Angels Barceló en la SER, la noche en la que escuché su relato de los hechos.

Era evidente que esperaba más, y no sólo ella, sino todos aquellos que estamos siguiendo día a día lo que nuestros políticos están haciendo con nuestro País. He escrito "nuestros" y la verdad es que algo ha chirriado en mi mente inconsciente que ha movido a mis ojos a retroceder hacia esa palabra. He dudado en cuanto a modificar el determinante de "políticos" con un más indeterminado "los", pero no. Es necesario que ese chisporroteo de indignación en mi mente sirva para dar un título a este post.

He de reconocer que el título de cualquier libro, de cualquier artículo, siempre me ha cautivado, como una greguería bien compuesta, como las de nuestro insigne Ramón Gómez de la Serna. He repasado algunas que me encantan, como la que reza "Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después" y esta otra encantadora "El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie". No me digan que no están creadas con inteligencia y arte. No he conseguido nunca redactar ninguna que  merezca la pena publicar en este blog o en cualquier otro medio, pero en cualquier caso, la redacción del título de cada entrada me lleva mi tiempo. En esta ocasión, en la que tantos motivos para escribir bullían en mi interior, el título se me escapaba hasta que la periodista Angels Barceló me mostró el camino, como se suele decir en un lenguaje algo más espiritual "me iluminó": quería hablar de la nula conexión entre la clase política española (y sospecho que la europea, la rusa y la norteamericana no le andan muy a la zaga) y su pueblo, el pueblo español.

A raíz de lo que hemos conocido del caso de corrupción "confesa" del caso Pallerols, y de las palabras rescatadas de las hemerotecas atribuidas al diputado Durán y Lleida acerca de una hipotética dimisión, abandono de la política si se confirmaban aquellas noticias de ya muchos años (la Justicia es muy  lenta en nuestro país, y además le ponen palitos en la rueda constantemente, además de unas tasas judiciales que bloquean cualquier iniciativa popular...), todos los medios se han lanzado a su recordatorio machacón:  "lo dijiste, lo dijiste...cumple, cumple tus promesas". Es evidente que no lo va a hacer, al menos, yo apuesto por esa opción que voy a intentar explicar, sirviendo además como pie para una generalización de lo que vengo confirmando desde hace ya varios años (creo que me he unido a este coro de descreídos un poco tarde, según ellos).

En el caso que nos ocupa, durante uno de los programas de Salvados, de mi admirado Jordi Evole, éste le hizo una entrevista-auditoría al señor Durán (junto a otros más miembros del Congreso). No sé lo que opinarán aquellos que quieran volver a ver ese episodio, pero a mí se me quedó grabado a fuego en mi mente, la enorme presión que quiso infundir en J. Evole mediante continuos ataques a su labor como periodista, haciéndole saber que todo aquel conjunto de programas estaban haciendo mucho daño, y que no ayudaban en nada. Fue profundamente decepcionante para mí oír aquello de una persona a la que consideraba de los pocos políticos profesionales que tenían unas convicciones de defensa de lo público, entiéndase por ello tanto las instituciones políticas como de los servicios públicos que las Administraciones Públicas prestan a la ciudadanía española. Lo fue por su evidente mal talante al no aceptar las críticas directas e indirectas que se vienen haciendo en el programa, siempre envueltas en un estilo de periodismo de investigación y auditoría pública.

No siempre estoy de acuerdo con lo que se presenta en el programa y sobre todo en cómo se conduce. La verdad es que son muy pocas veces los momentos de desacuerdo, en los que vengo a decirle a mi Santa "eso no...tampoco es así..." Pero en esta ocasión es evidente que quien se dedica a lo público desde hace tantos años no puede reclamar a un periodista afamado (en plena gloria diría yo) que se está pasando porque da a conocer toda la basura que rodea a la política con minúsculas que se practica en España desde hace ya bastantes años. No es de recibo, por mucho que pudiera en ese momento no conocer nada del caso Pallerols (hay que estar en el guindo para no darse cuenta de que al lado tienes a una banda de chorizos en tu propio partido) que pretenda afear y minusvalorar el gran trabajo realizado por el periodista. No voy a decir que le pretendió intimidar, porque para eso ya tuvimos que escuchar al diputado Pujalte, en otro programa, en el que prácticamente le dijo que le quedaban dos telediarios para cerrarle el programa.

Pero es que es mucho menos de recibo que, dando por supuesta la ignorancia y sentido de solidaridad con sus correligionarios de UDC implicados en el escándolo, una vez conocido el acuerdo y la confesión formal "solidaria" (el trágala ha sido en cena compartida), decida olvidarse de lo que dijo y no cumplir. Y no cumplirá porque está convencido de la necesidad de esas operaciones, al igual que casi todos los políticos que conozco por los medios e incluso alguno en vivo y en directo, lo que me da la entrada en la parte en la que explico lo que considero querencia y voluntad de autonomía de los partidos políticos españoles, que llega incluso hasta la absoluta independencia de las necesidades y deseos del pueblo al que deberían representar. Fue el gran lema del movimiento social y popular del 15-M "que no, que no, que no nos representan". El tiempo les está dando la razón y poco a poco, más y más descreídos en la representatividad de la clase política española nos vamos uniendo a ese u otro cualquiera de los movimientos político-sociales que buscan la completa regeneración de sistema político español.

Leyendo hace unos meses un grandísimo libro, tanto por su contenido como por su tamaño de más de 1000 páginas, titulado Historia de la Cristiandad, de Diarmaid MacCullogh, me encontré con ese extraño y oscuro momento en el que las élites dominantes romanas "desembarcan" en la joven Iglesia cristiana, de la mano de un emperador Constantino que da el golpe de efecto. Siempre se habla de aquella declaración institucional en la que el imperio romano de hace cristiano, pero nunca de los detalles político-institucionales a los que condujo: la apropiación por las clases dominantes romanas de los principales puestos directivos, creando incluso la figura de los cardenales o ministros del Papa. Hasta ese momento los obispos se constituían en las cabezas visibles de la Iglesia cristiana en sus territorios (recordemos la etimología de obispo, epi-skopos, el que ve desde arriba). Y desde entonces, la Iglesia oficial, ha dejado de lado a los fieles en cuanto a que sean las iglesias, la reunión de fieles, la que la gobierne, evitando acudir obligada a compartir sus gastos (=necesidades de los pobres de la comunidad) con su feligresía como se hacía en los primeros siglos del cristianismo, tal y como aparece citado en los Hechos de los Apóstoles. La vía escogida para obtener los recursos necesarios para "sus" gastos se vio claramente embebida en los presupuestos del Estado, o en la etapa medieval, en concesiones del poder real para conseguir la autonomía financiera necesaria.

Pues bien, la clase política española actual repite el mismo esquema conductual, imponiendo absolutamente su poder en los grandes y pequeños entramados de bancos y sobre todo cajas de ahorros durante años y años, en los consejos de administración. La relación entre el mundo de la banca y de los partidos políticos principales es estrecha y con caminos de ida y vuelta, de intereses compartidos en forma de préstamos a bajo interés que son devueltos o no, nombramientos de ex-ministros al frente de bancos y cajas, concesiones de préstamos para grandes inversiones que sólo algunos partidos políticos consiguen "montar" pese a que no exista el más mínimo interés social en llevarlas a cabo, simplemente para mayor gloria del partido en el gobierno de turno, y así un largo etcétera. La gran crisis financiera en España tiene su origen en un completo descrédito y ruina total del sistema de cajas de ahorro, totalmente dominadas por los partidos mayoritarios.

Queda claro que el objetivo final perseguido por estos partidos políticos es conseguir la autonomía financiera que les permita prescindir de sus propias bases a la hora de configurar los órganos internos de gobierno de los mismos. No es necesario ya engrasar democráticamente esas instituciones. Se actúa por dedazo y por designación interna de unos pocos que mueven todos los hilos, ya que no necesitan de nadie (financieramente hablando) de las bases para hacer funcionar el partido. ¿Recuerdan ustedes la forma y manera en la que llegó Rajoy al poder en su propio partido? Esperpéntico, si no fuera porque no alcanzó el poder en el gobierno de España hasta el tercer intento después de un vuelco electoral inesperado en marzo de 2004, con un atentado terrorista catastrófico que movilizó la conciencia del pueblo y le hizo rechazar esas componendas. Por eso, Durán i Lleida no dimitirá, porque está convencido de que no ha hecho nada mal. Pero juzguen ustedes mismos a qué conduce esta autonomía de nuestras elites: ¿son los mejores, los más valiosos, los más preparados, los mejores defensores de lo público, o más bien son los más y mejores amigos del que tiene la sartén por el mango en su partido? No es de extrañar que nadie que esté en el primero de los conjuntos antes mencionado quiera saber nada de afiliarse y de defender democráticamente lo que cree que es mejor para su pueblo, para sus compatriotas. Cualquiera se mete en esos avisperos de amiguismo y compadreo.

Y eso que dejo para otra ocasión, la segunda pata de este intento "casi logrado" de autonomía de sus bases, la de la externalización de los servicios públicos, haciendo que se conviertan en CONTRATOS PÚBLICOS lo que era una actividad administrativa pública bien dirigida, profesional y eficiente. ¿Por qué interesa a los partidos políticos que haya mucha más contratación pública? Yo pienso mal y como dice el refrán, acierto. Pero eso es ya parte de otra próxima entrada en este blog y no doy más pistas...

Sólo me resta proponer algunas propuestas, que pasan fundamentalmente por:

  1. Total transparencia en las cuentas de los partidos, que sólo pueden ser financiadas por los afiliados y simpatizantes, con luz y taquígrafos, sin donativos anónimos.
  2. Prohibición de participar a los partidos políticos en ningún consejo de administración de cajas de ahorro y  bancos. Eso es para profesionales, sean banqueros o altos funcionarios especializados.
  3. Anulación de la "puerta giratoria" que facilita el pase del mundo privado al de los partidos políticos, facilitando la corrupción mediante prácticas interesadas alejadas del bien común de la ciudadanía (por aquí vendrá el siguiente post del blog...sí, sí, el caso Güemes. Vaya ya he dado una pista...
  4. Fundar partidos políticos que cumplan motu proprio las tres propuestas anteriores, porque dudo mucho que ninguno de los actuales se haga el hara-kiri. El sistema político español está podrido y requiere medidas extremas de cirugía
Pero aún hay esperanza. Hasta la próxima.